viernes, 8 de junio de 2018

NO REVERSIBLE


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 15 del libro "Delirios del Lirio"

(Derechos de autor, protegidos)




*-¿Deseas saber quién eres?  Quizás Debas viajar hacia ti mismo, rebuscar entre tus recuerdos olvidados…en lo más recóndito de tu mente… yo esperaré aquí tu retorno…

 

La luz del sol atravesando nuestros parpados anuncia un nuevo día para ir hacia no sabemos dónde, en compañía de no sabemos quiénes,  para hallar  quien sabe qué.

-¡Despierten!…- Recibimos órdenes de quienes no vemos, ni escuchamos, ni sabemos nada…y nosotros obedecemos. Todos a la vez abrimos los ojos en el momento preciso para un nuevo día, y sin mediar pregunta o palabra alguna, todos a la vez nos ponemos de pie esperando la orden -¡Caminen!- Entonces, juntos emprendemos  la caminata por la ruta que se nos vaya indicando.  Somos muchos, mas todos obedecemos esas órdenes silenciosas que retumban dentro de nosotros.

Tenemos al Sol abrazador quemando nuestras espaldas, y nuestros pies sangran. Sólo eso tenemos, nuestro dolor  y el vacío de nuestras mentes. Nuestras almas también han empezado a dolernos, pero seguimos caminando. Pasamos sobre arenas calientes, campos espinosos y rocas filosas.

La caminata no se detiene mientras no recibamos orden de hacerlo. Cualquiera de nuestras necesidades fisiológicas debemos atenderla sobre la marcha, sin detenernos. Nuestra suciedad queda en el camino, y quienes vienen detrás la pisotean embarrándose  los pies heridos y empolvados.  Hasta hace poco sólo teníamos dolor en nuestras pieles; pero ahora este se está apoderando también de nuestras mentes…

Tenemos un recuerdo borroso de que llegamos desde muy lejos.  No sabemos cómo ni cuándo, pero ese recuerdo está allí. Lo único que tenemos claro es que hace mucho tiempo llevamos caminando por estos rumbos, los cuales parecen no tener fin.

En un momento del día llega la orden -¡Deténganse!- Todos la percibimos; pero no hubo sonido… mas, obedecemos. Todos elevamos nuestras miradas hacia el cielo, pero no lo miramos. Nuestra atención está fija en la aparición de algo que estamos esperando ¡Y sí! Empezó a caer del cielo una lluvia de bolitas blancas. Las cogemos en el aire con nuestras bocas abiertas y también con nuestras manos; y las tragamos rápidamente. Cuando el cielo deja de dar, bajamos nuestras miradas, nos agachamos para recoger e ir comiendo las bolitas que cayeron al suelo en nuestro rededor.

-¡Caminen!- Es la orden, siempre sin ruido alguno. Todos obedecemos. Seguimos un camino que vamos descubriendo paso a paso. La luz del día va apagándose mientras el cielo varía de color. Ahora es rojo como nuestra sangre. Así va presentándose la noche.

-¡Deténganse!- Esa es la orden sin sonido que se nos impone. Nos detenemos, y en ese mismo lugar nos sentamos o recostamos. Momento para rascarnos o sobar nuestras heridas, esperando aliviar en algo nuestro dolor. Poco a poco la masa va compactándose. Nos vamos juntando hasta rozar nuestros cuerpos, esperando el momento de la orden -¡Duerman!- Orden que no oiremos, pero que hará caer nuestros parpados. Mañana será siempre igual al día anterior: el  amanecer, la caminata diaria, y la misma pregunta que hace un tiempo da vueltas en nuestras cabezas -¿Qué hacemos aquí?-  …Igual, no habrá respuestas…

Nos despierta una luz tan intensa, que hiere nuestros ojos, a pesar de que nuestros parpados estaban cerrados. Luego sentimos un estruendo y el piso se sacudió violentamente. Cuando nos dimos cuenta, nos mirábamos los unos a los otros. Los ojos y las bocas abiertas, buscando respuestas en nuestras miradas llenas de asombro… Las luces hirientes se repiten, así como los estruendos y temblores. Vamos juntando nuestros cuerpos, buscando compartir nuestra confusión, y hacer de nuestro temor uno solo. Juntos estamos conociendo al miedo.

Este día no hubo las órdenes. Estábamos despiertos y mirando el cielo porque nos despertaron las luces hirientes, los estruendos y los temblores. Por primera vez no estamos vacíos… estamos llenos de pánico, pero atentos. Vimos grandes bolas brillantes volando de aquí para allá, y no eran estrellas. Estas se movían rápidamente dejando marcas a su paso, como si arañaran el cielo.

Aquel día sin órdenes silenciosas, no hubo caminata, no hubo bolitas blancas cayendo del cielo. Pasamos todo el tiempo mirando atentamente al cielo. Algunas veces las luces hirientes eran tan fuertes que quedábamos ciegos por un rato;  entonces buscábamos que tocarnos con las manos, como para saber que seguíamos allí. Así fue que nos percatamos que a algunos nos había aparecido una protuberancia en cada omóplato; aunque nuestro miedo no nos permitió darle mucha atención al hecho.

Así, con todo ese miedo llenando nuestras mentes, llegó el atardecer. Las luces hirientes, los estruendos y los temblores fueron haciéndose cada vez más distanciados…más lejanos…hasta hacerse, apenas un zumbido, que luego se perdió en el silencio. Y no hubo más… La noche se acercaba. El cielo se tiñó de color rojo, entonces nos dimos cuenta que habíamos pasado el día sin la compañía de los invisibles que guiaban nuestra vida.

Jamás los habíamos visto, pero sabíamos que estaban allí, caminando con nosotros y entre nosotros. Invisibles pero allí, guiándonos… Y hoy no estuvieron…

Esta mañana el miedo se nos había presentado por primera vez, y con él vino también eso que, aunque muy débil, empezaba a encenderse en nuestras mentes primitivas. Supimos que esa masa que caminaba día a día, éramos “Nosotros”. Unidos en el miedo, supimos que nos teníamos los unos a los otros…

Con la noche se nos presentó el miedo más grande… La soledad que grita el abandono ¿Quién nos guiaría hacia lo desconocido del siguiente paso? Llorando en silencio a la noche sorda, nos fuimos quedando dormidos. Sin órdenes silenciosas que nos indicaran cerrar nuestros parpados, sin la…vigilante…compañía…de los…

Al amanecer,  cuando sentimos la orden silenciosa -¡Despierten!- Abrimos nuestros ojos, y nos encontramos con una mañana sin Sol y un cielo nublado. Nuestros cuerpos estaban empapados; la noche debió llorar sobre nosotros mientras dormíamos. Su llanto debió ser de tristeza, pues lo que cayó sobre nuestras pieles fueron lágrimas negras y malolientes.

-¡Caminen!- Nos pusimos de pie y empezamos la caminata diaria. El saber que quienes nos guiaban, aunque invisibles, estaban nuevamente con nosotros y entre nosotros, invadió  nuestras mentes oscuras y vacías con una sensación desconocida…nos sentimos bien.

Algo dentro de nosotros había empezado a cambiar. De a pocos íbamos llenándonos de preguntas  -¿Por qué han empezado a aparecernos estos apéndices en nuestras espaldas? ¿Por qué nos hacen caminar estos senderos? ¿Hacia dónde vamos realmente?   ¿Por qué no nos dejan mirar hacia atrás?... De pronto, al sentir las órdenes silenciosas, olvidamos todo…y obedecimos.

Algunas veces, antes de la orden -¡Duerman!-  Miramos hacia el cielo, vemos las estrellas, y sin saber por qué, algunas lágrimas ruedan por nuestras mejillas. Quisiéramos decir algo, pero no sabemos cómo. Nuestras bocas resecas no saben decir nada. Son nuestras miradas las que a veces dicen cosas, pero es poco…o es…nada…

Otro amanecer. Otro día para caminar. Las órdenes de siempre: -¡Levántense! ¡Caminen!- …Y caminamos. Siempre hemos caminado vacíos, pero no lo sentíamos. Ahora empezamos a sentirlo, y nos duele. Cuando el sol estuvo sobre nuestras cabezas, pasamos por un campo donde sólo había arena y piedras, y llegó la orden silenciosa -¡Deténganse!- Sabíamos que era momento de mirar hacia arriba y esperar con nuestras bocas y manos abiertas, que cayeran las bolitas blancas ¡Y sí! Empezaron a caer, pero sólo por un instante… ¡Y dejaron de caer! Al inicio miramos al cielo con asombro, luego, algo dentro de nosotros se quebró, y dolió mucho. Queríamos preguntar al cielo porqué nos negaba lo bueno.  Nos sentimos abandonados. Lentamente fuimos bajando nuestras miradas y nos vimos a los ojos; vimos nuestras caras y tuvimos miedo unos de otros. Nos agachamos con profundo recelo, sin dejar de mirarnos a los ojos. Entonces no recogimos las bolitas blancas. Lo que cogimos fueron piedras.

Un zumbido llenó nuestras cabezas y luego las órdenes silenciosas doliéndonos.

-¡Atacar! ¡Atacar! ¡Atacaaaaaar!

Nunca antes habíamos sentido esas órdenes, pero obedecimos. Empezamos a lanzarnos las piedras unos a otros. Lanzábamos y recibíamos pedradas. Sentíamos mucho dolor con cada pedrada que golpeaba nuestros cuerpos, pero no nos deteníamos. A más dolor, más ganas de seguir lanzando pedradas.

No nos dimos cuenta en que momento fue y como empezó, pero de nuestras bocas salieron sonidos. Estábamos gritando. Temblábamos, sudábamos y sangrábamos. Muchos caían y no se movían más. Las piedras no dejaron de llover hasta que llegó la orden desde el silencio

-¡Deténganse!- Entonces fuimos soltando las piedras que aún teníamos entre las manos… Y vino la calma.

-¡Caminen!- Y empezamos a caminar los que aún podíamos hacerlo. Muchos sólo dieron unos pasos y luego cayeron. Los que veníamos más atrás pasamos pisoteando los cuerpos de los caídos y de los que siguieron cayendo en el camino.

-¡Deténganse!-

Nos dejamos caer. Estamos agotados. La sangre de nuestras heridas está secando, pero el dolor que nos dejaron las pedradas en nuestros cuerpos sigue allí. Y en nuestras mentes, un dolor más grande. Cada día conocemos algo nuevo, pero todo nos viene con dolor -¡Duerman!- …Con mucho…dolor…con…mucho…

Cuando desperté, el sol estaba directamente sobre mí, y a mi rededor sólo había unos cuantos cuerpos inertes… La manada se había ido, seguramente siguiendo las órdenes de los invisibles.

Una pluma blanca en el suelo llamó mi atención; la recogí y empecé a caminar en sentido contrario a las huellas que dejaron los que hasta ayer fueron “Nosotros”…




(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 52 cms. Precio $.600 dólares americanos)



jueves, 24 de mayo de 2018

JUNTOS SOMOS LA TORRE QUE ORDENARÁ LOS VIENTOS


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)



Soy el ave con alas de palo que, al no poder remontar el viento, no dudó en cercenar su cabeza, ideas y fantasías, para lanzarlas al aire en tu búsqueda. Quizás no viste mi sentir rodando entre azules intensos, entre aromas siena y sinsabores verdes, pero llegué a ti cuando dormías y pude palpar tus sueños. Eres la Reina onírica que ahora cabalga el reluciente corcel de flacuchas y alargadas patas de metal. Ya no hay restos de esas eras que te mantuvieron anclada a la desértica soledad de las manos vacías. Lamí tus pies y los dedos de tu diestra invitándote a montar en mí y ahora retozo contigo, aupada a mi lomo, dejando una estela de huellas delirantes que quizás, otros dementes como nosotros, se animen a seguir.
Ahora caminamos asidos, tú con tus manitas henchidas de mí, y yo, aferrado a la visión de verte sonreír.


(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 52 cms. Precio $.600 dólares americanos)

sábado, 19 de mayo de 2018

EL BÁCULO DE QUIEN CAZA ALMAS



Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)




Soy una sanadora. Curo enfermos, reúno amantes distanciados y leo el futuro a los desdichados, más de ese señor del cual me hablan… no sé nada; no soy amiga de él, no lo conozco.  Pero ¡cuidado!, no se metan conmigo, pues entonces buscaré la amistad del susodicho. Ustedes le temen y son sus enemigos, y a mí me interesa ser amiga de los enemigos de quienes intentan hacerme daño.

Si ven a ese Demonio, Diablo… o como se llame, salúdenlo de mi parte.


(Pieza única. Año 2014. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)

 

jueves, 17 de mayo de 2018

EPISTOLAS DEL EXQUISITO


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)





Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero viajar y no me das el pasaje! ¡Tú sí irás a pasear a NEUROPA!-dijo.

Hubiera querido darle mi boleto…pero este viaje no se lo deseo a nadie; mueres poco a poco mientras observas el paisaje. No se sabe si avanzas o es el camino el que retrocede, las ventanas nunca dicen la verdad pura, siempre guardan algo de mentira… Quizá el vidrio le diga a la hechicera que me fui sonriendo, cuando en verdad, mis labios eran incapaces de manifestar alegría.

Sólo quiero desconectarme, detener este viaje a NEUROPA ¿Me servirán estas tijeras para intentarlo? Voy introduciéndolas por mi nariz… las puntas tocan mi cerebro, sangro profusamente y me duele el alma ¡Maldición, quiero hacerlo, pero no sé qué es lo que debo cortar!

¿Por qué te fuiste papá? Tú siempre estirabas tus manos y me alcanzabas todo…ahora esto está allá, muy arriba, y no logro desconectarlo.

Quiero detener este mi viaje a NEUROPA.

¡Papáaaaaaaaa! Estoy sangrando excesivamente y me duele el alma ¿Quieres decirme qué debo cortar para desconectarme?

Ahora voy a dormir, te espero allá, en mis sueños… No te tardes papá, es incómodo dormir con tijeras en la nariz.

Esa bruja me tildó de falso.

-¡Quiero una escoba nueva y no me la das! ¡Tú sí te irás a pasear a NEUROPA!- Dijo




(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)


jueves, 10 de mayo de 2018

LAS NUBES NO SON PARA TODOS


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 14 del libro "Delirios del Lirio"

(Derechos de autor, protegidos)




A pesar de la penumbra envolvente, se podía escuchar el bullicio proveniente de una gran actividad. Todo latía. Se percibía el flujo de un torrente alimentando de vida toda esa gran bóveda. Aún así, un denso vaho a muerte se esparcía en el ambiente y es que ese binomio contradictorio es ley universal: La vida se presenta como heraldo de la muerte y la muerte es la renovación de la vida. La gran bóveda estaba hecha de una estructura ósea recubierta de músculos, tendones y arterias en versión macro que albergaba infinidad de huevecillos palpitantes. Una mucosidad ámbar barnizaba todo, creando destellos, brillos y contraluces, todo muy macabro.

Al parecer, yo era el único testigo consciente y tengo negada la inteligencia necesaria para comprender el inicio de esto, tan sólo me mueve la necesidad de parasitar. Tengo la virtud de la paciencia… era esperar la llegada de mi hospedero era lo único que debía hacer.

De manera casi simultánea, muchos de los huevecillos se rompieron e hicieron eclosión varias decenas de seres con las formas anatómicas más diversas, desde las más repugnantes hasta las más hermosas criaturas, algunas hasta tenían aspectos angelicales y mostraban muñones de alas saliendo de sus omóplatos. Todos pugnaban por abandonar rápidamente el nidal que hasta ese momento los había cobijado, como si un dictado instintivo los guiara a emprender el urgente éxodo hacia una misma dirección. Unos se arrastraban; otros caminaban con la torpeza de un cervatillo recién nacido, trastabillando y dando tumbos; otros reptaban, mas ellos, sin excepción, se movilizaban utilizando el mayor potencial de sus fuerzas, lo cual dificultaba que yo pudiera lograr mi propósito: abordar a alguno de ellos.

Cuando alguno de estos seres alcanzaba a otro, inmediatamente se desataba una lucha encarnizada donde se derrochaba dentelladas, arañazos, pinchazos y ataques, cada cual utilizando los recursos que poseían para agredir. En este contexto, la violencia esgrimida era indistinta de parte de los seres repugnantes como de los de aspecto angelical que, en contraste a su dulce apariencia, también sacaban a relucir una desmedida fiereza. El resultado ineludible era, al menos, la muerte de uno de ellos pues los que venían detrás y los alcanzaban, también tomaban parte de la contienda. Los que sobrevivían continuaban la marcha hasta que se topaban con alguno que llevaba la delantera o eran alcanzados por los rezagados, entonces se reanudaba la reyerta mortal y despiadada. Cada vez eran menos los que continuaban en carrera. El recorrido era una estela de vidas segadas y restos sanguinolentos regados como manifiesto de la crueldad de aquella competencia irracional.

Los pocos que llegaban hasta el final del sendero, hallaban una entrada estrecha y cavernosa y por allí se introducían, desapareciendo de mi vista. Todo se había desarrollado de manera rápida y violenta, tal como lo estipula la vida misma.

Mi agudo olfato o quizás mi instinto, me llevó a volver la mirada hacia el inicio del drama, la nidada. Allí, entre la penumbra y los restos de los huevecillos, el último de los rezagados, permanecía sentado succionando el dedo pulgar de su mano derecha, como si fuera ajeno a todo lo ocurrido, al pasaje mismo. Su frondosa cabellera azabache marcada por ondas, apenas si dejaban ver parte de su rostro y su mirada triste y confundida. En conjunto, su cuerpo y cabellera, daban la apariencia de un arbolito solitario y seductor amparado en la oscuridad. Cual espora, aproveché una brisa y empujado por el viento fui a posarme entre sus cabellos. Ni bien tuve contacto con él, sentí un fogonazo de luz muy intenso pero acogedor; él era puro, limpio, un ser con mucha luz, de esos que no tienen cabida ni oportunidad de sobrevivir en este mundo hostil, pero era mi última oportunidad, luego de él no quedaba nadie a quien parasitar, hubiera tenido que esperar la eternidad para que aconteciera la siguiente eclosión masiva y yo no me podía exponer a sucumbir en la espera. Guiado por mí apetito, me abrí paso hasta alcanzar su piel, me adherí a ella y entonces sorbí de su sangre con avidez y hasta saciarme. Ahora era mi hospedero, él me pertenecía, entonces, al tiempo que me nutría con su líquido vital, que me brindaba la dadiva de vivir a sus expensas, me impulsaba a cuidarlo. Así fue que nuestra relación viró a la mutua dependencia. Protegerlo a él, era proteger mi propia existencia y estaba dispuesto a darme íntegramente en ello. Por naturaleza yo tengo enraizado el instinto de la supervivencia ¿Y por qué no compartir algo de ello con mi hospedero? Ello lo haría competitivo, luchador y por ende más apto. Si él vivía yo vivía, así es que segregué algo de mi instinto y lo inoculé en su torrente sanguíneo.

Inmediatamente su organismo reaccionó con un ligero enervamiento seguido de una euforia inusitada. Se puso de pie y con paso cansino pero firme inició el recorrido hacia la gruta de salida. Su andar pausado dio oportunidad a que otros parásitos que se habían mantenido imperceptibles, saltaran sobre él en pos de su sangre, más sólo tres lograron aferrarse. Pude notar su presencia pues la sangre de nuestro hospedero ahora tenía el sabor de la ira, el sabor de la fe y el sabor del razonamiento, ingredientes aportados por los otros tres parásitos que, al igual que yo, debían estar empeñados en proteger nuestra fuente de vida… nuestro hospedero.

A partir de entonces, quien nos llevaba a cuestas era un hombre desafiante, alguien que creía en sí y en sus capacidades para enfrentarse a cualquier adversidad. Su riego sanguíneo se había acelerado… caminaba con más aplomo… era casi un semi-Dios terrenal, poseyendo todas las condiciones para ser un vencedor. Caminamos hacia la gruta de salida, pero él siempre atento de no pisotear los restos de los caídos en la brutal competencia.

Cuando llegamos a la gruta vimos un hueco al final, era el paso a un corredor que concluía en un salón donde se mostraban como únicas salidas tres puertas. Caminamos llenos de curiosidad, pero con la cautela que da la prudencia; pasamos el corredor y llegamos al salón. En estado de alerta, nos mantuvimos dubitativos unos instantes. Desde mi posición, yo percibía, además de la mía, la angustia de los otros tres parásitos como la de nuestro hospedero mismo ya que su sangre variaba de sabor según su estado de ánimo y según lo que aportábamos cada uno de los parásitos en pro de la toma de decisiones. Éramos lo más análogo a un equipo dedicado a salvaguardar nuestra supervivencia.

Abrimos una de las puertas y una intensa luz nos encegueció, pero sólo un instante. Inmediatamente vimos un ambiente lleno de escaleras inconexas por donde se paseaban seres muy extraños que desafiaban la gravedad y la lógica pues muchos tramos de estas escaleras debían hacerse caminando de cabeza, como si se tratara de un mundo al revés. Nos llamó la atención un tipo con el cráneo rapado que tiraba de una cuerda atada a una piedra a la que le daba órdenes; otro se auto-flagelaba las espaldas mientras recitaba plegarias; muchos reían a carcajadas sin motivo alguno. Vimos a uno trepado a una vara y con una brocha en la mano, intentando alcanzar el cielo para pintar un Sol esplendoroso. Una mujer lloraba sin cesar mientras cargaba entre brazos a un bebé imaginario. Un anciano de mirada extraviada hablaba sobre historias de mundos fantásticos que a nadie le interesaba escuchar. Todo allí era una mezcla de estupidez, demencia y absurda genialidad. Un tipo vestido con sombrero y ropas multicolores, con una pluma entintada en sangre, se nos acercó y nos dijo:

-¡Bienvenido a la locura!- A continuación, con su pluma ensangrentada escribió algo en la frente de nuestro hospedero -Ya eres uno de aquí, puedes volver cuando lo desees- dicho esto, se fue caminando hacia atrás sin quitarnos la vista de encima.

Salimos, cerramos aquella puerta y nos enrumbamos hacia la siguiente. Ni bien abrimos la segunda puerta, una mezcla de olores nauseabundos pero tentadores cual feromonas llegaron hacia nosotros. El lugar estaba escasamente iluminado por una tenue luz rojiza y todo lo visible tenía impregnado un sabor retorcido y patético. Casi todos los allí presentes, tenían garabateadas caricaturas de sonrisas en sus rostros. La mayoría de ellos bebían, fumaban, contaban monedas y copulaban; los que no, yacían tirados en el piso o arrumados en algún rincón en posiciones que semejaban a muñecos desarticulados. El piso estaba alfombrado de secreciones y vómitos, por lo que decidimos no dar un paso más hacia el interior. Una mujer semi desnuda y con un tufo a todos los vicios, vino hacia nosotros, rodeó el cuello de nuestro hospedero con sus brazos y se restregó contra su anatomía, a continuación, le estampó un prolongado beso en la boca. Yo sentí claramente la contaminación de la saliva de la mujerzuela en la sangre de nuestro hospedero. Cuando por fin se separó, la mujer puso el dedo índice en sus labios y dijo:

-Cuando tu soledad te agobie, tienes un lugar aquí- Nos dio la espalda y se alejó cimbreando sus nalgas y caderas. Presurosos y algo asqueados salimos de allí y cerramos la puerta.

Al llegar a la tercera y última puerta, la abrimos con extremo cuidado, muy lentamente. Nuestro hospedero introdujo la cabeza y vio que allí reinaba un cielo azul apenas interrumpido por un largo muro y una columna en primer plano sobre la que estaba recostada la criatura más hermosa que pudiera imaginarse. Ella lloraba y con delicadeza juntaba sus lágrimas en un cuenco. Cuando se dio cuenta de nuestra presencia, nos preguntó:

-¿Tienen sed, verdad?- y nos ofreció a beber las lágrimas que había recolectado en el cuenco. Luego de beber el dulce líquido, los cuatro parásitos, al unísono, nos percatamos de que ella era la primera que se había dirigido a nuestro hospedero hablándonos en plural.

La mujer tomó de la mano a nuestro, hasta ese momento, hospedero y le susurró al oído:

-Nunca más tu mano estará huérfana, yo no voy a soltarla…- Y juntos empezaron a caminar hacia un espiral ascendente que culminaba en una gran burbuja. En el camino cayeron cuatro plumas blancas y en cada una, nosotros, los parásitos. Ese hombre ya no era de aquí, estaba completo y ningún parásito era digno de beber su sangre…




(Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)




jueves, 3 de mayo de 2018

ENAJENIA


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)



Soy una fiera monstruosa, rabiosa…
Y asquerosamente sentimental.
Soy letal.
Soy un perol infernal donde se cuecen ideas sueltas.
Cabalgo entre la confusión y sobre mi caos escribo:
¡Abran paso a este débil súper-hombre!



(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)



viernes, 20 de abril de 2018

CICATRICES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)





Infelizmente nacida, infelizmente casada con el fracaso… infelizmente cargaba su vida inútil entre la soledad de aquí y la soledad de allá.

Todos los amores que pudo hallar en su andar, se le mostraron incompletos. Los buscaba por doquier, siempre esbozando aquella sonrisa ficticia y frágil de señorita vieja.

-¡Maldito espejo! ¿Por qué no guardas tu sinceridad para aquellos que no tienen motivo para el llanto?-

A menudo se vestía de primavera e iba a la estación, siempre con la esperanza de volver con un amor que mostrar para despertar envidias. A veces pescaba alguno y retornaba muy oronda con él del brazo; más siempre eran amores líquidos, de esos que se escurren entre las manos. Y retornaba el llanto, y volvía el sarcasmo del maldito espejo. Y nuevamente las idas a la estación, enfundada en la primavera de sus vestidos.

-¡Hey niño! ¡Hey anciano! ¡Hey perrito callejero! ¿Es que no me podrían vender un poquito de su sonrisa verdadera? ¡Tengo en mi bolso dinero suficiente! Sólo quiero sonreír de verdad…-

Esa mañana compró una manzana y un lindo ramo de flores, se inventó un nombre de galán y pidió que enviaran el conjunto a su domicilio

¡Que buena idea! Las flores serían el justo homenaje a su coquetería y la manzana sería la promesa del desenfreno.

Pasó el día deambulando entre cigarrillo tras cigarrillo. Cuando llegó a casa, ya estaban allí el ramo de flores y la manzana. Fingiendo sorpresa y entusiasmo, leyó en voz alta el nombre del galán, dio un mordisco a la manzana y volteó su sonrisa hacia el espejo, esperando que este la envidiara… Pero el maldito espejo sonreía más sarcástico que de costumbre…


 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 47 cms. Precio $.600 dólares americanos)


viernes, 13 de abril de 2018

DESTRUCTEORICA PARA BARDO


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.

 (Derechos de autor, protegidos)




Levantó los brazos mientras con dificultad daba unos pasos. Alzó la voz pero no dijo nada. Era la parafernalia para que escucharan los ruidos de su alma. Pidió silencio de modo que pudieran oír su silencio. Los camaradas no se habían inventado para él, los amigos apenas si eran una ausencia. Sólo la complicidad de ese cuerpo de hembra refulgía recostado sobre la mesita de color gris, en la que descansaban un vaso con un líquido verde y dos guijarros. Él devoró los guijarros, ya que la roca debe nutrirse de roca, y dio de beber al cuerpo de hembra la pócima del vaso, pues debía alimentar con magia su complicidad. Cuando la tomó entre sus manos y acarició sus vertebras, la fricción emitió melodías y la luz venció la penumbra. Ahora podía distinguir las olas del mar golpeando el arrecife, tratando de alcanzar el hechizo de su conexión. Cuando temblaron sus manos, cesaron las caricias y los ruidos del alma se disolvieron. Ya no hubo brillo, ya no se veía el mar. Hoy, el manipulador de silencios permanece sentado, y el cuerpo de hembra, recostado está. Ya no hay guijarros, ya no hay vaso con líquido verde sobre la mesita…sin embargo ambos saben que volverán a copular y su brillo traerá nuevamente al mar golpeando el arrecife… tratando de alcanzar su hechizo…


(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)




martes, 3 de abril de 2018

PONTE EN LA FILA

Video (Música e imágenes de Oswaldo Mejía)




Video con parte de mi obra pictórica editado sobre el track con el título ""Pónte en la fila". Canción de mi autoría en composición y arreglos, ademas de la ejecución de la guitarra líder. Todo ello con mi otrora banda "Brebaje". Quizás sea la más emblemática de lo que alguna vez fue mi discografía.



miércoles, 28 de marzo de 2018

GOLONDRINAS DE OCTUBRE


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 13 del libro "Delirios del Lirio"

(Derechos de autor, protegidos)





Escribía… y escribía… y escribía, quizás con pasión, quizás con rabia. Encendía un cigarrillo tras otro, siempre dentro de su burbuja. Los instantes que detenía ambas acciones eran para elevar su mirada hacia el cielo como aguardando que este le diera la orden de “¡Basta ya!” Pero siempre era repetitivo y cíclico su accionar. Al cabo de unos segundos bajaba su mirada y todo volvía a empezar, retomaba su escritura y su incesante encender de cigarrillos. Tiempo atrás, mientras escribía y adicionaba lo escrito a su gran libro, no dejaba de estar atento a mis necesidades: que si tenía mi agua fresca; que nunca faltarán mis galletitas; que si la ventana estaba abierta o cerrada, según el frío o calor que presentara la ocasión. El loco divino me adoraba y se sentía muy orgulloso al hablar de mí con aquellos necesitados de esperanza que acudían a visitarlo, escuchar sus historias y llevarse el obsequio de una sonrisa.

Tres veces por semana salía de su burbuja. Se aseguraba que esta quedara bien cerrada tras de él y bajaba a mi plano con su gran libro repleto de miles de historias y una canastilla colgada al cuello, diciendo:

 - Debo ir a recoger algunos pecados de este mundo… ni se te ocurra hacerte invisible pues necesito verte a mi regreso…- y se iba muy entusiasmado. Yo percibía que su entusiasmo era ficticio, pero él era un cuentero por excelencia, un magnifico manipulador de emociones y sensaciones. Usaba sus poderes también consigo mismo para auto engañarse con el apego a una vida que, yo sabía, le era torturante. Al regresar por la tarde, volvía con una gran sonrisa, difícil de leerla y reconocerla como parte de su disfraz de repartidor de esperanzas si no se es un observador acucioso. Se aseguraba de mi visibilidad, de que tuviera mi agua fresca y mis galletitas. Si traía gelatina, helado de chocolate o dulce de leche, lo ponía a mi disposición con el claro propósito de hacerme feliz y luego él comía las sobras que yo dejaba.

La canastilla que llevara colgada al pecho, siempre retornaba llena de papelitos escritos que nunca me dejó leer.

- Estos son gritos del alma que sólo yo debo leer y aplacar- Decía. Luego subía desde mi plano hacia su burbuja y una vez dentro de ella iba leyéndolos uno a uno.  Conforme terminaba de leerlos, se los llevaba a la boca y los tragaba con un sorbo de agua fresca, y nuevamente escribía… y escribía… y escribía…

Muy entrada la noche, cuando esta empieza su litigio con el amanecer, el cuentero abandonaba su burbuja, la cerraba cuidadosamente y bajaba a mi plano buscando acurrucarse a mi lado. Yo sabía que no requería de mi tibieza corporal, era un alma solitaria que necesitaba de mi compañía; necesitaba cuidar de mí, necesitaba saber que yo era y estaba. Aunque lo estorbara o lo importunara a veces, yo era su ancla a esta vida. Entre dormitando, estiraba su brazo para que yo recostara mi cabeza sobre él y entonces se dormía profundamente esbozando una hermosa sonrisa con la que se iba hacia los mundos que soñaba.

El día siguiente era casi un calco del anterior: Yo lo despertaba con palmaditas en su rostro y el cuentero se levantaba refunfuñando pero sonriente. Se ocupaba de mi agua fresca y mis galletitas y subía a su burbuja a escribir hasta que algún desesperanzado viniera a interrumpirle solicitando que con sus historias le regale una sonrisa.

Una mañana toda esta rutina varió. El cuentero se despertó por si mismo, con un optimismo inusitado. No se ocupó de mi agua fresca ni mis galletitas, sólo me dijo:

-¡Hoy es día de migración de golondrinas! Lo he soñado por dos años y hoy es el día. Debo ver ese espectáculo para escribir sobre ello- se fue y no volvió hasta después de tres semanas.

Cuando le vi llegar tenía los ojos empapados en llanto y por su rostro caían borbotones de lágrimas que acababan su recorrido en el piso, humedeciendo el polvo. Lamí sus mejillas y entonces supe que lloraba por amor, no eran saladas,  eran lágrimas con sabor a agua de manantial. Lloró por tres días consecutivos. No escribió, no atendió a los desesperanzados que venían a pedir sonrisas ni salió con su canastilla al cuello a recolectar pecados. Al cabo de esos tres días abandonó la posición de cuclillas en que estuvo, se puso de pie y sonriendo, mientras se ocupaba de mi agua fresca y mis galletitas dijo:

-¡El próximo año también habrá migración de golondrinas!- Subió de mi plano a su burbuja y escribió… y escribió… y escribió…

Aquella noche algo determinante marcaría un antes y un después. El cuentero estaba escribiendo en su burbuja, como de costumbre, cuando escuchamos que desde la reja de entrada una voz reverberante llamaba:

-¡Cuenteroooooo, se que estás allíiiiiiiiii!- Los desesperanzados jamás acudían a él a esas horas ¿Quién podría llamar a esas horas y con tanta familiaridad?

El cuentero, al escuchar el llamado salió de su burbuja y presuroso bajó a mi plano, dirigiéndose a la reja de entrada. Yo fui tras él ya que tuve un mal presentimiento.

Al otro lado de la reja había una siniestra figura cubierta por un manto blanco aupada sobre una extraña y espantosa criatura.

-¿No me reconoces, cuentero? Soy la implacable Mala Suerte montada sobre la Desdicha. Tenemos una cita pendiente. Sabes que debo alimentar y cebar a Desdicha con las sonrisas que te empecinas en dibujar a quienes hallas en tu camino- dijo al tiempo que palmeó con devota complicidad el lomo de la repugnante y rechoncha criatura que montaba.

-No se cómo le haces, cuentero. Siempre que te visité te arrebaté esos artificios que usas para fabricar y repartir sonrisas pero siempre te das maña para crear otros. Ahora Desdicha tiene más apetito que nunca y recurro a ti ya que nunca me fallas, siempre tienes algo nutritivo para saciar su voracidad.

- ¡Te juro que no tengo nada! ¡Te lo juro!- Repetía implorante el Cuentero, pasmado y retrocediendo paso a paso, con los brazos abiertos, extendidos hacia atrás, el rostro desencajado y los ojos como queriendo salírsele de sus orbitas, retrocedía paso a paso.

-Eres un embustero, a mi no lograrás engañarme con tus cuentos. Tienes tu libro, será un buen aperitivo para Desdicha. Sabes que son las reglas de el juego de la vida: Cuando Mala Suerte y su inseparable Desdicha se presentan a tu puerta, algo deben llevarse de ti…- Mientras hablaba iba despojándose del manto que la cubría, dejando expuesta su exquisita desnudez sin rostro, mientras por su cuello, cual si fuera una fumarola, expelía una estela de humo, volviéndola más tétrica aun.

-¡Noooo! ¡No te daré mi libro! ¡Desdicha no se tragará mi libro!- El cuentero había retrocedido hasta topar la espalda con una de las paredes. Desde allí, acorralado, seguía implorando por mantener su libro de cuentos con el que dibujaba sonrisas en los rostros de los desesperanzados.

Sin siquiera voltear hacia mí, la enigmática hembra me señaló diciendo:

-Entonces lo quiero a él, está lleno de felicidad y servirá para aplacar un poco, aunque más no sea, el apetito de Desdicha.

El cuentero se arrodilló y juntó las manos como si fuera a elevar una plegaria.

-¡Él es lo único real que me ata a esta vida! ¡Sin él mi vida no tendría sentido! Te ofrezco mi cuerpo y mi carne toda… yo seré la cena de Desdicha pero a él… no lo toques…te lo ruego- suplicó.

-Tú no me sirves, cuentero. Eres un desdichado, un infeliz acervo de huesos y pellejos. Ya sabes, Desdicha se alimenta de sonrisas, alegrías y felicidad, así es que tu gato le vendrá bien ¡Él sí que reboza felicidad! Ja, ja, ja.

-¡Huye, Orión! ¡Huyeeeeeeeee!- Me gritó el cuentero. De un salto trepé el muro empedrado y me perdí entre la noche y el follaje de los árboles aledaños. Desde allí podía ver y escuchar todo lo que acontecía sin correr peligro. Desdicha acercó su hocico y centímetro a centímetro fue husmeando ansiosamente el cuerpo del cuentero que no cesaba de llorar e implorar. Al llegar a su pecho su inquietud se hizo más evidente.

-¿Qué tanto hueles a ese infeliz? ¿Es que acaso te interesa tragar carroña?- La humeante hembra se encorvó a medias, estiró su mano tocando y con su dedo índice, levantó el rostro del cuentero.

-¿Acaso ocultas algo de felicidad en ti? ¡Muéstrame tus sueños y recuerdos!- dijo irónica. El humo que brotaba de su cuello se intensificó cubriendo casi todo el ambiente para luego dar paso a la presencia tangible de un precioso cielo por el que surcaba una bandada de gráciles golondrinas. Observé su vuelo y mis ojos manifestaron satisfacción.

- Aja ¿Con que esta es la esperanza que ocultas, eh, Cuentero? Mmm... ¡Provecho Desdicha! Ya tienes algo para tragar ¡Devórate esta ilusión! Que no quede ni el mínimo recuerdo de la migración de esas estúpidas golondrinas.

Desdicha se dio a la tarea de engullir el cielo. El cuentero era un mar de lágrimas, moco y babas chorreaban por su rostro. Resignado, no miraba el festín que se había desatado. Desde mi lugar recordé y pensé en cómo ese hombre infeliz dedicaba su vida a entregar felicidad y sonrisas a cuanto se le cruzara en su camino… no era justo que la Mala Suerte y Desdicha se ensañaran de ese modo, arrebatándole la única ilusión real que le quedaba… ver la migración anual de las golondrinas.

Sin dudarlo, salté sobre la cerviz de Desdicha y de allí pegué un brinco haciendo molinetes con mis cuatro patas para espantar la bandada de golondrinas, para que huyan de aquella visión. Furioso, continué dando arañazos a diestra y siniestra entre el hocico y los ojos saltones de Desdicha, forzándola a escabullirse en una loca y ciega carrera junto con su amazona, la Mala Suerte.

Una vez superado los acontecimientos, el cuentero y yo nos mudamos a la chimenea de un tejado. Ambos estamos aquí en la actualidad, esperando ver pasar la migración anual de las golondrinas.

Todo sucedió de un modo imprevisto, se suponía que debíamos esperar la próxima estación para apreciar la migración pero un aleteo despertó nuestra curiosidad... ¿Las golondrinas? Preguntó asombrado y jadeante, el cuentero. Asomamos la cabeza y vimos una lluvia de plumas blancas. Me volví loco de emoción, saltaba tratando de aferrar alguna con mis uñas filosas pero fueron cayendo, tapizando el suelo de plumas blancas. Cuentero estaba desconcertado mas yo, de visión gatuna, pude distinguir la bandada de ángeles que se esfumaron en el cielo hasta desaparecer por completo.



(Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)



jueves, 22 de marzo de 2018

LA NOCHE QUE LLORÓ EL SOL

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.

Cap. 12 del libro "Delirios del Lirio"

(Derechos de autor, protegidos)




La brisa que entró por aquella ventana, fue trayendo hoja por hoja hasta completar el libro sagrado que yacía sobre la mesa. En él estaban contenidas palabras y voces muy antiguas que narraban historias de esas cuyos recuerdos se esfuman en las memorias quedando como legados a la posteridad por obra y gracia de visionarios alucinados; ellos redactan crónicas de hechos que jamás atestiguaron y que quizás nunca ocurrieron… ¿O sí?

En tiempos muy lejanos, desde el otro lado del mar, llegaron a estas tierras, enormes criaturas cuadrúpedas con brillantes monturas sobre sus lomos de las que emergían seres de metal bruñido, con largos brazos que escupían fuego y sonidos de trueno. Su aspecto sembraba terror en quienes los veían. El suelo temblaba al paso de sus pisadas.

Su ansiedad era fácilmente perceptible: buscaban las brillantes lágrimas que sobre estas tierras derramara el Sol, y nada ni nadie detendría su ambicioso afán. Para lograr su cometido sometieron a hijos de dioses atándoles las manos y colocando cepos a sus cuellos para matar su dignidad y nobleza. Interminables hileras de cautivos liados con cuerdas y cadenas eran arreadas, cargando pertrechos y provisiones sobre sus espaldas cual si fueran bestias de carga. Las mujeres eran usadas para satisfacción de sus bajos instintos carnales y/o como servidumbre en la recolección y labores domésticas, siempre desde maltratos que lograban avasallarlas. Los azotes eran persuasivos constantes a la indigna y servil obediencia. Muchos morían a causa de la desnutrición, los trabajos forzados y las enfermedades venéreas que los saqueadores trajeron consigo.

Nada detenía su ambicioso andar. Flechas, dardos, piedras y cualquier otro tipo de resistencia, resultaban inútiles contra sus armaduras y el ímpetu por apoderarse de las brillantes lágrimas del Sol. Valiéndose del temor que infundían, conminaron al enfrentamiento  de hermanos contra hermanos, induciéndolos al pecado de la traición hacia su misma sangre. Destruyeron culturas ricas en valores sociales, decapitaron Dioses y eliminaron tradiciones para imponer a cambio, costumbres decadentes y credos hipócritas. En sus pechos y estandartes llevaban pintadas aspas que decían ser la representación de un Dios sabio y verdadero, a ellas veneraban y ante ellas se santiguaban antes de iniciar cada matanza. Obligaban a los vencidos, a besar estos símbolos en actitud de sumisión. Cambiaban sus nombres nativos con el fin de desintegrarles su identidad, evitando que tuvieran un pasado al cual aferrarse,  pretendiendo convencerles de que eran una raza sin ancestros, una desheredada raza destinada a lamer los pies de los invasores que vinieron del otro lado del océano.

Entre estos saqueadores de armadura que, sin escrúpulos ni remordimientos herían, mutilaban y masacraban, se ocultaban otros invasores más perversos aún… los que utilizando la  palabra como arma, asesinaban credos, extirpaban ideas y doblegaban las almas. Ellos eran los encargados de interrogar y torturar a los sospechosos que, supuestamente, conocían los lugares en los que se podía hallar más lágrimas de Sol. Otra de sus funciones era la de oficiar rituales dedicados al símbolo de su aspa protectora, allí predicaban, subliminalmente, una obediencia unilateral de parte de los nativos. La maquiavélica premisa de esta doctrina era “soporta cualquier abuso sin protestar, pues eso te hará merecedor del paraíso”. Para la ocasión, vestían largas túnicas y escondían su rostro bajo capuchas.

Durante más de un siglo arrasaron caseríos, reinos e imperios con el único fin de arrebatar hasta la última gota de las brillantes lágrimas del Sol. Cuando ya no quedaba ninguna sobre la superficie de estas tierras, forzaron a los nativos a cavar y adentrarse en las entrañas de la tierra misma, en busca de las codiciadas lágrimas. Con habilidad de ratas, los nativos cavaban el subsuelo en jornadas largas y agotadoras, durante las cuales apenas si se les suministraban pequeñas raciones de granos y agua. En las galerías subterráneas, la muerte por inanición, asfixia y derrumbes, era una constante.

Resignados a esa subsistencia inhumana, los nativos habían perdido toda voluntad, hasta que un día, un grito retumbó desde las montañas: “¡BASTA YA!”. Quien profirió este alarido de protesta fue un nativo llamado Hamarúc. Harto de tanta degradación, muerte, abusos y mentiras, se descubrió el torso y arengó a un grupo de sometidos a la rebelión. Armados con piedras y palos, atacaron sorpresivamente a un grupo de sus opresores. Les arrebataron las cabalgaduras y destrozaron sus armaduras, dándose con la sorpresa que debajo de esa metálica piel había seres de carne y hueso… pero con el alma corroída por la ambición.

Una vez despojados de sus atavíos, fueron entregados a la plebe para que saciaran su sed de venganza por todos esos años de perversión, maltrato y muerte de los que fueron objeto. Hamarúc se reservó al jefe; lo tenía de rodillas ante sí, lo cogió por los cabellos y le vociferó al rostro

-¡Aquí sólo habemos dos culpables de esta masacre, tú por ser una hiena sanguinaria, asesina y ambiciosa, y yo por ser un león que se hartó de tus malas acciones!- A continuación, tomó una daga de pedernal, seccionó la cabeza de este y la levantó en señal de triunfo para que la vieran los sediciosos que estaban presentes.

La noticia del atrevido alzamiento de Hamarúc, corrió velozmente, llegando a oídos del grueso de los invasores, quienes no se demoraron en alistar a sus tropas con la finalidad de desagraviar la afrenta. La horda que acompañaba a Hamarúc, los vio aparecer como hormigas amenazantes en el horizonte. Eran miles de miles armados hasta los dientes, mas los poquísimos amotinados no se amilanaron y permanecieron en sus lugares, dispuestos a dar lucha… la presencia de Hamarúc, el león rebelde, su líder, les infundía valor y fe.

Los invasores con sus armaduras, los exterminaron en cuestión de minutos. La carnicería fue brutal, el fuego que expelían los brazos de los invasores atravesó sus carnes desatando una muerte en cadena; con unos cuantos estampidos aniquilaron a aquel puñadito de valientes que cual roedores, osaron morder la cola del dragón.

Hamarúc fue tomado preso vivo y clavado de manos y pies a una simbólica aspa de madera que erigieron en una colina para que todo nativo que por allí pasara,  viera su agonía como escarmiento disuasivo contra cualquier otro intento de rebelión. El león rebelde soportó su tortura sin proferir un ¡Ay!  El tercer día, levantó su mirada para, desde la atalaya en que había sido crucificado, ver la inmensidad de aquellas tierras que les fueron entregadas por los dioses a sus ancestros y que una manada de saqueadores vestidos de metal se las arrebataron para apropiarse de las brillantes lagrimas que el Sol vertió sobre ellas como dádiva por ser una raza divinamente escogida. El león rebelde lloró y el líquido de su llanto cayó al piso formando un manantial. Los clavos de sus manos y pies saltaron y Hamarúc se elevó a los cielos con los brazos extendidos. Cuando los invasores regresaron con la intención de desmembrar su cadáver y enviar sus piernas y brazos a cada punto cardinal como macabra lección, sólo hallaron el aspa de madera vacía y el manantial que su último llanto formó.

Cuentan aún, los ancianos del lugar, que nativo que pasara por aquel lugar y aplacara su sed en las cristalinas aguas del manantial, al levantar su vista ya tenía otra mirada… la misma mirada que tuviera Hamarúc aquella tarde que desnudó su torso y se enfrentó a sus opresores. En aquellas aguas se gestó la liberación de estas tierras del yugo de los invasores vestidos de metal bruñido que montando en sus cuadrúpedas bestias, aparecieron desde el otro lado del mar a robar las brillantes lágrimas del Sol.

 

Entre las últimas páginas del libro sagrado que yacía sobre la mesa había una hermosa y larga pluma blanca.


(Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)