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domingo, 3 de noviembre de 2019

DIALOGO CON LA LOCURA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 

(Derechos de autor, protegidos)






Tu despertar fue aquí, en esta burbuja bendita donde la Ataraxia es dádiva por defecto, la ausencia de temores y necesidades. Puedes estar de cabeza y estás cómodo. La temperatura siempre es la ideal y tu alimento fluye por naturaleza… ¿Acaso es la sucursal del idealizado Cielo?
Han transcurrido treinta y seis periodos de siete días y de pronto tu paz se quiebra; todo vira hacia el caos. La burbuja que te contuvo ahora se estremece en violentas contracciones que estrujan tu ser: -¡Te presento al Dolor!- El espacio mismo te aprieta; no comprendes el afán de esa fuerza por desalojarte de tu Cielo.
Sumado al empuje que te está desalojando, otra fuerza proveniente del exterior sujeta firmemente tu cabecita y tira de ella con violencia, como si quisiera arrancarla de tu cuerpecillo. Ahora estás en un mundo nuevo; quizás frío, quizás caliente, pero indudablemente cruel, doloroso, hostil. No puedes respirar. Por primera vez te hallas cara a cara con la muerte: -¡Te presento al pánico!- No entiendes porque te hiciste merecedor a padecer esto.
Un golpe seco, con inusitada violencia se estrella contra tus nalgas. El dolor es intenso, aunque sirvió para desbloquear tu respiración. Estas jadeando, respiras sin ritmo; tu pecho, tu cabeza, tu alma misma parece querer estallar. Se te hace obsesivamente necesario el recuerdo de tu burbuja, la anhelas, extrañas su tibieza y su aroma ¡Si. Necesitas su aroma! Pero te están alejando de su ansiado olor; más lejos, cada vez más lejos: -¡Te presento a la soledad! Al abandono que aprieta, hiere y mata.
Es demasiado sufrimiento junto, es una tortura in crescendo que no cesa, deseas desaparecer, que todo culmine: -¡Te presento a la locura!- Ella será el mecanismo de defensa al que podrás recurrir cada vez que debas enfrentar lo insoportable.
¡Esto es la vida! ¡Acabas de nacer, maldito Demente!

 (Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

ESCALERA PARA UN SUEÑO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 

(Derechos de autor, protegidos)





En esta burbuja en la que habito, siempre sobran cosas. Hay en demasía pues yo mismo las creo, ya que inventé este santuario para que nunca escasee nada. Sólo una vez fue profanada debido a mi incapacidad de fabricar amor, entonces opté por traerlo del exterior.
Quien vino transportándolo, tenía las manos vacías. No tenía alforjas, sus bolsillos no contenían nada, sólo poseía algo que jamás había visto, algo que yo desconocía: una dulce sonrisa que me ofreció y recibí gustoso, asombrado además… nunca había visto una sonrisa que aflore desde el alma e irradie a quien se aproxime a ella.
La extraña propietaria de la sonrisa, me imploró:

-Nunca dejes que mi sonrisa se borre puesto que el amor soy yo… y si el amor deja de sonreír, llora… y si llora, fenecerá de dolor…
“Y DIOS HIZO EL AMOR” 



 (Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)




               

sábado, 2 de noviembre de 2019

PERDÍ MI LUCIÉRNAGA CELESTE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor, protegidos)





Pasaron días, pasaron noches; hubo días soleados, pero más de los otros… sin embargo, la luz no pronunció palabra alguna. Hay veces en que las lágrimas son desplazadas por la razón, entonces es el momento de virar el rumbo y buscar esa misma voz, pero en otros labios.



 (Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)



              

ESCOGE EL PAISAJE PARA TU EQUIPAJE

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor, protegidos)






Caja que encierra, caja que asfixia… caja que atrapa.
Caja de lamentos, caja fétida… caja de repulsiones.
Caja pequeña, como confortable ataúd de convicciones.
Caja negra que se contrae y reduce estrechando tu espacio.
Caja que puedes desechar para recuperar viento y tiempo.
-¡Sal de allí! ¡Saca tu esencia del sepulcro, cuentero!
Afuera hay un alma corriendo entre lobos ¿No piensas darle alcance?
No quiero echar tierra sobre tu fosa, quiero verte salir trotando.
Esta pala la usaremos para construir un puente hacia el Oeste… no para enterrar tus sueños-.

 (Pieza única. Año 2011. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)


              

ULTIMO PARADERO A LA DERIVA

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor, protegidos)





Niño, niña, duende o lo que fuere, no se separaba de mí. Si caminaba, esa cosa caminaba. Si me detenía, esa cosa se detenía. Esa enorme boca que ocupaba casi la totalidad de lo que sería su rostro me preocupaba… me inquietaba…pero no había otra cosa con vida en la solitaria carretera, y me fui acostumbrando a su compañía.

El cielo, el piso y la carretera tenían coloraciones grises verdosas, aunque cada cierto tramo se veía el tenue resplandor amarillento de unas iluminaciones provenientes de la nada. El paisaje era agobiante. A lo lejos vi que algo raudo venía por la carretera. Cuando llegó hasta mi ubicación pude ver que era una pequeña caja de madera, como una pequeña tina. Subí a ella y me senté con las rodillas recogidas. El pequeño monstruo también subió, se puso a mis espaldas, de pie y cogido de mis hombros.
Moviendo mis caderas de atrás para adelante repetidas veces, logré poner en movimiento mi caja móvil. La carretera en pendiente hizo el resto y la aceleración fue en aumento. Ahora íbamos a gran velocidad, deslizándonos como por un tobogán, hasta que un foso se cruzó en nuestro camino y caímos aparatosamente en él. Me puse de pie y me estaba sacudiendo el trasero, cuando vi que un tipo sentado en un borde del foso nos observaba.
Intrigado por su presencia, me quedé observando. Entonces, ante mis ojos se duplicó. La réplica de aquel inesperado personaje saltó hacia el foso y vino hacia mí amenazante. Me puse en guardia, medí las distancias y cuando lo creí conveniente, salte sobre él, derribándolo. Me senté sobre su pecho e intenté ahorcarlo, pero el replicado se echó a reír a carcajadas, ignorando mis esfuerzos por asfixiarlo. De pronto todo se iluminó. Volteé hacia el lugar de donde provenía la luz. Ante mis ojos había una multitud, sentados frente a una mesa repleta de bebidas, carnes y potajes que la muchedumbre empezó a engullir. Conforme iban comiendo, se transformaban en bestias cada vez más repugnantes que tragaban y babeaban embarrándose en saliva y desperdicios de comida y bebida. Y en medio, abrazados, el tipo que se replicó y el monstruito de amplia boca que me acompañó hasta allí, reían a carcajadas.
Sentí pánico y quise salir corriendo de aquel lugar, pero cuando me dispuse a correr descubrí que todas las vías eran un enmarañado de toboganes, como si fueran venas y arterias de una gigantesca bestia. A partir de ese día no he vuelto a dormir al filo de mi cama. Me acuesto al centro para no volver a caer a la verdosa carretera.
 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

            

SEMILLA DE DIOSES

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor, protegidos)



Vinieron desde allá. Cuando llegaron, andábamos en cuatro patas y éramos “Un proyecto de Plenitud”. Ellos irguieron nuestros cuerpos, inquietaron nuestras almas, nos deslumbraron con el libre albedrio; mas, rebajaron nuestra esencia a “Un proyecto de felicidad. Ellos sembraron en nuestras mentes el temor a la muerte.

¿Sabes por qué, cuando andábamos a cuatro patas no rezábamos plegarias?... ¡Porque no temíamos morir! …Sentíamos dolor, pero jamás presagiábamos nuestra muerte.

Ellos metieron sus dedos en nuestras bocas y nos hicieron probar de la ilusoria utopía llamada felicidad. A partir de ello vivimos buscando alcanzarla, sin conseguirlo jamás; pues la felicidad es inexistente. Sólo es un coqueteo, una sonrisa superficial.

Vinieron desde allá, dejando a su paso una estela de mundos depredados y colapsados, y hoy están aquí culminando la depredación del nuestro, mientras esperan el colapso para huir en busca de otros horizontes
¡Quiero volver a mi andar en cuatro patas! ¡Quiero retornar mi esencia a “Un proyecto de plenitud! ¡Quiero hallar al Dios verdadero dentro de mí…! ...Porque lo intuyo…Porque tiene lógica: Si somos hijos de Dioses, pues tenemos sangre divina… ¡¡Entonces también somos Dioses!!
 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)
             
              

lunes, 14 de octubre de 2019

LAGRIMAS EN LA TACITA DE TE

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía 
Cap 18, Libro "Delirios del Lirio"







Mientras escuchaba los ruidos parecidos a voces, que provenían del exterior, hurgaba en su mente buscando una reminiscencia, una evocación; algún rezago de un pasado… mas no los hallaba. En sus mil vidas, incontables veces pasó por estos extravíos, pero cada vida trae sus propias luces y sus propias oscuridades. Sólo una orfandad de recuerdos, copaba su raciocinio.
Cuando despertó a esta realidad, ya estaba aquí, atrapado dentro de esta jaula que pende de esa rechinante cadena venida desde allá arriba. Allá, donde su vista no alcanza a distinguir nada, pues la oscuridad es más densa y todo lo devora con cada centímetro de lejanía.
-¿Cómo  es que llegué aquí? ¿Qué es este lugar dónde estoy? ¡¿Dónde, dónde?! ¿Cuánto tiempo llevo en esta jaula? ¿Qué le sucedió a mi cuerpo? ¡No! ¡Esto no es más que una pavorosa alucinación!… No soy yo ¡No, este monstruo de osamenta cubierta con filosas escamas color verde! ¿Por qué habría de adoptar la forma de un nauseabundo reptil con alas? ¡Alas! Tengo alas…¡¡Grandes alas!! Pero…  ¿Para qué me sirven dentro de esta jaula? ¡Esta pesadilla es real! Y si es real,  quizás tenga el poder de volar sobre… ¿Sobre qué? Me resultan extraños estos parajes ¿Y la jaula? ¿Por qué estoy aquí, por qué? Tengo las piernas entumecidas. Debo llevar una eternidad en esta incómoda posición de cuclillas… pero esta maldita jaula no me permite variar mi penosa postura. Los barrotes aprietan mis alas contra mi tórax. Me resulta difícil respirar. ¡Ruidos extraños y el pánico que no cesan de martillar mi cerebro! ¡Esto debe ser el infierno! ¿Pero qué culpas o pecados estoy expiando? ¿O es que, simplemente, me volví loco? …Además del pánico que me provoca estar pendiendo en el vacío desde esta altura. No quiero mirar hacia abajo, el piso está tan lejos...-
Muy por encima de aquella casi total oscuridad, una débil luminosidad penetra hiriendo con tenues destellos algunas aristas de las paredes y los escalones empedrados de una larguísima escalera. Es una luz muy tímida, casi imperceptible, y de color gélido: pero es suficiente para copar la atención de un confinado. Se le hace sumamente atractiva. Huele a esas esperanzas que se anidan en la razón como una  delirante obsesión.
-Debo alcanzarla. Estos barrotes de acero no me lo impedirán… Dios mío, permite que mis debilitadas manos fuercen los hierros que me recluyen en este aislamiento  desesperante y cruel.
 ¡Ahhhhhhhh! Sí puedo, sí puedo ¡Ahhhhhhh…Ahhhhhhhhhh…Ahhhhhhh! ¡Sí, lo voy a lograr! …Esto está cediendo…
Los barrotes se rindieron a sus ansias de libertad. Aunque a duras penas pudo deslizar hacia afuera la poca maniobrable envergadura de sus alas, pero ya estaba afuera.
Evitando mirar hacia abajo para no ser presa del vértigo y el pánico, empezó a descender por la cadena, ansioso por alcanzar el piso.
La cadena chirriaba incesante; las manos le ardían por la fricción. No desvió para nada su mirada hacia abajo, mas sus cálculos le iban indicando que ya faltaba poco…
-¡El extraño intenta huir! ¡No lo dejen escapar!
¡Atrapadle! ¡ Atrapadleeeeeeeeeeeeeeee!
No pudiendo localizar de quienes, ni de donde provenían las voces, sólo atinó a soltarse, cayendo y estrellándose pesadamente contra el empedrado del piso. No era el momento para atender dolencias. De un brinco se puso de píe, y emprendió veloz carrera hacia el rincón por donde había visto que ingresaba la mortecina lucecita, pero que su instinto se la pintaba como una gran esperanza de salida.
-¿Quién grita? ¿Quiénes son esos que vienen hacia mí? ¡Debo darme prisa! No les veo, pero puedo oír sus respiraciones y sus pasos apresurados acercándose. Debo alcanzar esa luz. ¡Ah, maravillosa luz que alimenta la claridad! No importa a dónde me conduzcas mientras me saques de esta cerrazón…Hacia ti voy… 
-¡Centinelas! No dejen escapar al extraño, va hacia las escaleras ¡Deténganlo!
Conforme avanzaba hacia su objetivo, es paso iba estrechándose más y más…
-Me ahogo… ¡Dios mío, no consigo respirar!… Mis alas golpean contra las filosas salientes y aristas de las paredes. Me duele… ¡Duele mucho!
Trozos y jirones de carne ensangrentada le son arrancados en cada roce, quedando estos pegados a los muros, como señal de su apresurado paso.
 -¡Duele… duele mucho!… Pero no debo renunciar ¡No lo haré! No importa que mis alas se quiebren, no importa el fuego quemando mis carnes heridas, no importa lo que de mi quede en el camino …Debo concentrarme en la luz ¡Sigue, sigue!  Ya falta poco… Unos cuantos metros más… … ¡Vamos, vamos!
La luz crece en tamaño e intensidad. Ella es la esperanza, y está tan cerca 
-¡Centinelaaaaas! ¡El extraño está subiendo por las escaleras! ¡Atrapadleeeeeeeeeeee, que no alcance la ventana!
¡Inútiles! ¡Usen los arcos y flechas!
Correr, correr y saltar al vacío… ¡Ahora! ¡Ahoraaaaaaaaaaaa!
Está parado sobre la base del marco de la ventana, frente al vacío, paralizado; deleitándose con el aire fresco que penetra por sus pituitarias invadiendo su ser, cuando siente las manos de sus perseguidores rozándole los tobillos, entonces salta…
-¡Diosssssssssssss, noooooooooooooo! ¡Mis alas no me obedecen! ¡Me voy a estrellar! ¡Debo aletear con más fuerzaaaaaaaaa! ¡Eso, eso! Lo estoy logrando…
Rapidamente, aunque sus alas se manifiestan torpes, van estabilizando su caída hasta convertirla en flotación.
-¡Quince monedas al arquero que lo derribe! ¡ Yaaaaaaaaaaaa!
-¡Lo logré! Estoy volando, puedo planear… maravillosa sensación… ¡Soy un ángel! ¡Sí, eso soy!
-¡Disparen malditos! ¿O quieren probar de mi ira?
-¡Oh, Noooooooo! Ajjjjjjjjj  ¿Qué es esto que me quema el pecho? ¡Maldición!  Me han da…do… Ahhhhhhhhhhh…
La caída libre. El cuerpo precipitándose en tirabuzón, y la desesperante sensación de las vísceras apretando el pecho y amenazando con salír expelidas por la boca. Crispa los dedos de las manos en un vano intento por sujetarse a algo…
-¡Está cayendo el extraño! ¡Le di en medio del pecho!
Je je je… Menudo porrazo que se ha dado.
Lo último que sintió, fue el sabor salado del fango, mezclado con su sangre, cubriéndole la lengua e invadiéndole la boca toda…
-Lo que tenías que pasar ya concluyó.
-Pero… ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? Lo último que recuerdo, es retorciéndome en el lodo… y luego, como me fui sumergiendo en la oscuridad.
*-Soy Magdalena… Eva; la mujer de los mil rostros, y los mil nombres, que siempre estuvo a tu lado desde tus sueños. Soy quien venía a tus fantasías, con las alas blancas que pintaste para mí, y con estas ojeras color promesa que fueron tu inspiración durante tus mil vidas.
Yo rescaté tu cuerpo del fango Arq-ángel. Fui enviada para cuidarte y proteger tu misión, aunque en ello se fuera mi propia vida… Ahora debo irme, tengo una deuda que saldar. Esa Señora de túnica que ves allá, reclama por mi…
Yo soy el precio por el que ella te ha dejado vivir. Ese fue el trato y debo cumplir…¡Adios!
-¡Nooooooooooooooooooooooo!


 (Pieza única. Año 2011. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

                   

jueves, 12 de septiembre de 2019

NUBARRONES DE CORDURA


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)




Vino desde allí y va hacia allá… La sombra que proyecta sobre el piso jamás se borra, A su paso va dejando cicatrices en la mente de quien la mira. Sus senos amamantan a los hijos de los hombres con dolor, deseo, soledad y angustia; quien prueba de su sexo se inventa el temor a perderla y aunque su aroma es un constante olor a muerte, casi todos la desean.

Se detuvo aquí y no quise mirarla; previamente cosí mis parpados, no vi nada pero el aire se llenó de su sedosa piel blanca, lampiña y apetitosa; no vi nada pero escuché los cánticos de quienes se inmolaban siendo aplastados por su cortejo; no vi nada pero la oí reír con esa risa de burdel que dista de plantear alegría y a cambio propone satírica burla.

Cuando rompí las costuras de mis ojos pude ver las andas alejándose y sobre ellas a la Redentora. Se auto-complacía con caricias que recorrían sus partes más íntimas, sexo que supo, con generosidad entregar… más también ella deseaba proporcionarse gozo y de sus entrañas extraía doradas monedas que arrojaba dejando a su paso una estela de tentación. Intenté recoger unas de esas monedas pero estas quemaron mis manos; entonces di media vuelta y caminé en sentido contrario.
Ahora re-ando lo por ella caminado y con estas manos chamuscadas devuelvo la visión a los ciegos, sano heridas y hago caminar a los paralíticos. Ellos vienen tras de mí pues saben que aunque no haya agua, si los toco, lavaré sus recuerdos; y del paso de la Redentora nadie volverá a hablar jamás pues en mi rebaño sembré la amnesia eterna.

Bien, queridos alumnos, la historia que les acabo de narrar está aquí, en este gran libro incapaz de contener ni una letra, pues todas sus hojas están y estarán en blanco por toda la eternidad. Gracias por su atención…


 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 52 cms. Precio $.600 dólares americanos)



                     

MI PECADO ES TU AROMA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)






Cuarenta veces soplaron las trompetas del sur, y sólo quedaba esperar que manara miel de las rocas. Fascinados los amantes arañan sus ropas, las van rasgando ante la estúpida ventanita cuyo único signo vital es su imprudencia. Mientras, el sofocante bochorno hace lo suyo derritiendo los ávidos cuerpos; cuatro muslos empapados de urgencia; cuerpos toqueteándose, queriendo aliviar el peso de sus entrañas; invadir y ser invadido, entregar dádivas y recibir bendiciones.
-¿Acaso es tan interesante la luz?
Dejémoslos que hablen; nunca verán cuánto se iluminan los cielos ante los brotes del convexo, jamás imaginarán el perfume del cóncavo, únicamente habrá la sospecha de que ambos levitaron mientras las trompetas del sur soplaban cuarenta veces.



 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 55 cms. Precio $.600 dólares americanos)

                   

MELODY ZEPP

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)




La vez anterior, vino emergiendo de entre la oscuridad, con una apariencia de dulce anciana. Entre sus manos traía algo que despedía una tenue luminosidad verduzca, la cual se colaba por los resquicios de entre sus dedos. Entonces me hablo: -¡Aquí tengo lo tuyo!- Luego empezó a retroceder a la vez que se desvanecía. Se fue así como vino, con pasos de viento…

Anoche fui nuevamente a su encuentro, pero esta vez me asaltaron las dudas… y las dudas no son valederas para un guerrero en batalla. Ya estaba ella dentro de mí; y me acarició, y alimentó mi desbordada fantasía con visiones traídas de otros planos, mas las dudas persistían en martillar mi razón…
Y entonces se desató mi tortura. Los demonios fueron liberados; los vi y los sentí danzando a mi rededor. Aguijoneaban mi cuerpo y mordisqueaban mi alma intoxicándome con angustias y pánicos que creí superados. Quise pararme y gritar, implorar por ayuda, correr, huir; o mejor morir en ese instante y aliviarme del suplicio…Pero me mantuve sentado. Soy lobo, soy devorador de pánicos, pero también soy humano y sé pedir perdón… El lobo estaba orando mientras vomitaba y lloraba sin cesar. Vi materializarse a la carrera, a una horrible niña viniendo hacia mí, chillando y amenazándome con un largo objeto punzante, mas cuando me lo iba a clavar, se desvaneció.

-¡Abre la boca! ¡No aspires, sólo mantén abierta la boca!-
Me introdujeron una cerbatana en una de las fosas nasales y por ella me soplaron un polvo burbujeante, invasivo y desesperante, pero con sabor esclarecedor, luego repitieron la acción en la otra fosa nasal. Antes de irme pusieron en mi mano derecha una papa, aún con la tierra de cultivo impregnada en su cascara, y me dijeron: -¡Camina. Allí viene tu paz!-

Ustedes también son buscadores, por ello intuyen de qué estoy hablando...




 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

LUNA DE HIEL EN EL MARAJO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)




Desde tiempos inmemorables había estado allí. Al amparo de su sombra fue que el ánima del viejo Enrique, entre humaredas de hashish se les apareció a ese par de niños locos, para entre risas anunciarles la muerte de la madre de Tawapara. Fue bajo su follaje, que Vicentico se ocultó para vestirse con aquel ridículo disfraz de lagarto, que llevaría por el resto de su vida, mientras peregrinaba por el mundo repartiendo sus caramelos envenenados de fantasía. Fue de entre sus ramas que, en los albores de la humanidad, descendió el primer par de amantes que interactuó con los venidos de las estrellas. Muchos de los acontecimientos más relevantes de esta comarca triste y fantasmal, se gestaron al pie de este árbol milenario, ahora sin hojas y sin sombra que proyectar.

Un día, proveniente de algún sueño afiebrado, a los pies del viejo roble, se materializó un iluminado; mezcla de druida, orate, mago y artista. Tenía una encantadora sonrisa y la mirada estúpida, pero limpia, de aquellos seres incapaces de entender lo más elemental. 
El viejo árbol pareció contagiarse de la alegría que irradiaba el recién llegado, e inexplicablemente empezó a coparse con el verdor de renovadas y lustrosas hojas.
Una creciente multitud de curiosos ávidos de creer en algo, fueron agolpándose alrededor del roble para ver su milagroso reverdecer y observar de cerca al iluminado, quien con su saliva iba tejiendo unas tupidas esterillas, que luego de secarlas al sol, usaba para garabatear en ellas, símbolos y figuras extrañas. Como tinta utilizaba una mezcla de sus propias lágrimas y tierra, aplicándola con su dedo índice derecho. 
Nadie se iba del lugar sin llevar, aunque sea uno de los peculiares lienzos garabateados que el recién llegado obsequiaba con entusiasmo, sembrando con ello más y más sonrisas entre los asistentes. Especialmente las mujeres estaban auto-convencidas que aquellos símbolos tenían poderes curativos contra los males de amor y las heridas del alma. La comarca en pleno ahora rebosaba de alegría, contagiada por el brillo del recién materializado. Muchos se acercaban para tocarlo y untarse los dedos de las manos con su sudor.
El iluminado jamás descansaba, nunca dormía… tampoco se alimentaba. De sus espaldas había brotado algo parecido a raíces que se adhirieron al milenario roble; al parecer de esa manera parasitaba la energía vital del árbol.
Una mañana, todo varió. La multitud arremolinada ante el viejo árbol había desviado su atención hacia la repentina aparición de una hermosa mujer de piel color turquesa que, con total desparpajo se exhibía desnuda, mientras gruñía amenazante a quien intentara acercarse al iluminado. Esta agresiva manera de reclamar exclusividad dio sus frutos. Entonces, ya nadie pudo acercarse… Ya nadie pudo tocarlo, ni tampoco recibir de sus manos las esterillas garabateadas.
Poco a poco la multitud fue perdiendo el interés, hasta ignorar por completo al viejo roble, al iluminado y a la agresiva mujer con piel color turquesa. Ella sonreía satisfecha al ver logrado su egoísta objetivo, mas el iluminado no cesó de llorar por cuarenta y dos días con sus respectivas noches. 
La comarca volvió a sumirse en su triste y fantasmal aspecto. La ilusión del iluminado que repartía sonrisas y alegría se había esfumado…
Al cabo de las seis semanas, el iluminado arrancó con sus manos los apéndices con forma de raíces, que lo conectaban al roble, y tal como vino, se fue en silencio. 
El milenario árbol perdió sus hojas y paulatinamente fue secándose hasta convertirse en un leño inerte. 
Inútil resultarían las caricias y lágrimas incontenibles con que la mujer de piel color turquesa, desesperadamente lo regaba intentando reverdecer lo ya concluido. 

“Hay destinos que jamás debieran cruzarse, aunque la vida parezca permitirlo”

 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)



lunes, 26 de agosto de 2019

LA SEÑAL


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía 
Cap 17, Libro "Delirios del Lirio"






¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom!

El ruido ensordecedor, repetitivo y acompasado, cada vez más cercano, hacía temblar el suelo como si se tratara de las pisadas de un gigantesco coloso. Me levanté asustado pero presto a dar batalla a lo que fuere, mi naturaleza de veterano guerrero así me lo imponía. Instintivamente me calcé el yelmo y cogí mi hacha de dos filos. Aunque estaba desnudo, aquellos elementos me bastaban para protegerme y enfrentar cualquier situación que pusiera en peligro la integridad de la Semidiosa, esa que se me había encomendado salvaguardar y con quien compartía mi lecho. Antes de salir de la habitación me volví para echarle una mirada. Estaba en total desnudez, agazapada en un rincón, con la mirada desencajada y los labios en “O”. Su pánico se hacía evidente en el color verde esmeralda al que había virado su piel, tonalidad propia de los desamparados. Me acerqué con intención de abrazarla, pero ella no me lo permitió. Me atajó con un movimiento de manos que danzaron en el aire cual mariposa aturdida, centró su mirada llorosa en mis pupilas y exclamó:
 -¡Vienen por mí! ¡Otra vez vienen por mí!
 Yo también la miré pese a que en esa contemplación había desconcierto ¿Quién? ¿quiénes venían por ella? No me detuve a pensarlo, simplemente salí corriendo del recinto dispuesto a dar la vida por ella, nadie iba a llevársela, no se lo dije, pero lo di por sentado. El ruido y el temblor que semejaba las pisadas de un gigantesco coloso habían sido reemplazados por un griterío impreciso donde se entremezclaban plegarias de mujeres, llanto de niños, retumbos de marchas a la carrera de decenas de soldados y órdenes de oficiales que los conminaban a ocupar lugares estratégicos.
A punto estaba de llegar a las murallas de protección cuando un oficial se interpuso en mi camino, cubrió mi desnudez con un taparrabo de piel y a continuación me dijo:
-Son cientos de miles de seres que parecen salidos de las mismas entrañas del     infierno.
Con unos cuantos trancos recorrí las escaleras que me condujeron hacia lo alto de los andamios que servían para transitar el perímetro amurallado. Miré hacia el horizonte y lo que vi era espeluznante, incluso para mí que infinidad de veces me había visto cara a cara con la muerte. Hasta donde alcanzaba mi vista, estaba plagado de cuadrúpedos deformes. Sus cuartos traseros más pequeños, les otorgaba una marcada ondulación en sus lomos a modo de joroba. Hocicos enormes provistos de filosa dentadura remataban su amenazante corporeidad cubierta de crines e hirsuto pelaje negro. En el centro del enjambre, se erigía una descomunal anda y sobre ella, un trono en el que estaba sentada una fémina demoníaca completamente desnuda. De sus entrepiernas salían llamaradas. Detrás de ella, tres monjes con túnicas grises, sujetaban un cartel que llevaba inscrito “SOY LA DUDA, LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS”
En las murallas seguían los ajetreos y correrías de los soldados y oficiales preocupados por abastecer de pertrechos a quienes, en primera línea, inútilmente intentarían repeler el inminente ataque cuando este aconteciera. Uno de los tres sacerdotes cogió una tea y la encendió con el fuego que brotaba de las entrepiernas de la infernal dama. Bajó de las andas y la muchedumbre le abrió paso. El monje no caminaba, se deslizaba levitando a unos veinte centímetros del piso y así fue acercándose hasta el portón que flanqueaba la entrada a nuestra ciudadela.
-¡Hey,  tú, guerrero! LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS reclama a la Semidiosa que albergas y pretendes proteger ¡Entrégamela y ven tú con ella! Tienes la promesa de que, si lo haces, seguiremos de largo sin llevarnos ninguna de las vidas de esta nauseabunda aldea.
En voz baja pedí a uno de los oficiales que me alcanzara un perol de aceite hirviente e incandescente y sorpresivamente lo arrojé contra el monje, como respuesta a su propuesta.
- ¡Púdrete en los infiernos, tú y tu soberana! - Mientras el monje se retorcía carbonizándose, elevé amenazante mi hacha de dos filos y vociferé retándoles:
 -¡Vengan por nosotros, huestes de esa ramera infernal! Aquí los espera el filo de mi hacha y la fortaleza de mi alma iracunda.
LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS se puso de pie y aunque no podíamos oír lo que decía, intuí que arengaba a su horda a atacarnos pues sus movimientos eran enérgicos y no cesaba de señalar nuestras murallas como objetivo principal.
Miré a mí alrededor. En los rostros de los oficiales, se reflejaba el pavor de la cercanía del fin. Sentí que todos, en silencio, me preguntaban con tono de acusación “¿Qué hiciste?”. Debo reconocer que tenían razón para hacerlo ya que, arbitrariamente, los había condenado a una muerte segura pudiendo evitarlo con sólo entregarme y entregarles a la Semidiosa. LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS nos quería a los dos, nada más…
Afuera, el enjambre diabólico se movía de aquí para allá como una marejada, estaban ansiosos esperando la orden para arrasarnos sin piedad alguna. Unas cuantas criaturas subieron al anda y encendieron unas teas que hundieron en la entrepierna de la fémina infernal que los guiaba. Con anterioridad, habían apostado varias catapultas frente a nuestras murallas y varios grupos de aquellas cuadrúpedas criaturas las iban cargando con una sustancia oleaginosa mientras que los portadores de las teas iban encendiéndolas una a una. En ese instante y de un modo impensado, súbitamente el cielo se oscureció. Las lenguas de fuego que emergían de las cargas de las catapultas y de la entrepierna de LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, eran la única la iluminación existente sobre la faz de la tierra, tornando más tétrica la presencia de aquel enjambre de heraldos de la muerte. Los que estábamos tras las murallas no podíamos distinguir nada, sabíamos que estábamos allí pues escuchábamos el llanto, la respiración agitada y las plegarias de quienes teníamos cerca.
De pronto, a nuestras espaldas, un resplandor celeste acaparó nuestra atención. Todos los que estábamos en la muralla volteamos en actitud defensiva esperando lo peor. Quedamos paralizados al ver a la Semidiosa en la plenitud de su desnudez. De su piel irradiaba aquella luz celestial. El pánico había desaparecido al igual que su mirada llorosa. Se dirigía resueltamente hacia el portón de entrada. Cuando logré salir de la quietud en que nos sumió su radiante presencia, bajé velozmente y me interpuse en su ruta. La Semidiosa estiró su brazo y señalando con su índice la entrada, me ordenó:
-¡Abre ese portón! He vivido toda mi existencia esquivándola, pero ha llegado el momento de enfrentarla. Ella, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, es mi madre, pero ya no le temo más. No intentes detenerme.
Sus pupilas estaban desmesuradamente dilatadas, parecía en trance, sus ojos se presentaban negros en totalidad, sin iris, una mirada sin brillo, casi sin vida. Quise atajarla, pero al acercarme a su resplandor, se me chamuscó la palma de la mano y una fuerza sobrenatural me arrojó de espaldas varios metros atrás. No sentí el dolor del impacto de mi caída ni el ardor lógico de la quemadura en mi mano, pero sí noté que mi hacha había desaparecido de mi otra mano y en su reemplazo empuñaba una larga pluma blanca.
La Semidiosa continuó su camino ante la atónita mirada de todos los que estábamos en este lado de la muralla. Cuando llegó al portón, su proximidad hizo estallar en mil pedazos los bloques de madera reforzada con hierro, infundiéndole miedo a la horda de sitiadores. Ella, impasible, prosiguió la marcha. A su paso, aquellas bestias babeantes y atontadas, se hacían a un lado.
Cuando llegó al pie de las andas, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, se irguió al verla. La Semidiosa con su refulgencia se le acercó, le tomó las manos y le dio un beso en la frente. Instantáneamente el anda fue el epicentro de una gran explosión cuya onda expansiva desintegró todo resto de ese infernal enjambre. A quienes estábamos en este lado de la muralla nos llegó una ola de cenizas que amenazó con asfixiarnos, mas, pronto se disipó, nos permitió salir y ver a la Semidiosa de rodillas en el mismo lugar donde antes estuvo el anda… sola y desnuda. Corrí hacia ella con una manta que hallé y cubrí su cuerpo.
Al tomarla en brazos para llevarla a lugar seguro, aprecié la liviandad de su cuerpo. Inmediatamente, se desató una gran tormenta, pero no era agua, no, eran plumas ¡Plumas blancas! Quedé aturdido por lo que sucedía, mas, cuando pude reponerme, la extraña tormenta cesó, el suelo estaba cubierto con las plumas, allí, en el mismo lugar donde cayó ella, la semidiosa. Me puse de cuclillas y comencé a limpiar la zona de plumas, necesitaba quitarla de allí, temí que se asfixiara, eran millones de plumas cubriendo su cuerpecillo, pero…
- ¿Dónde está? ¡Respondan! - grité a los pocos hombres que habían sobrevivido a ese fenómeno inusual- Silencio absoluto, cabizbajos, sólo atinaron a señalar hacia mis espaldas.
A lo lejos, entre nimbos, alcancé a ver una guadaña, la sombra de la muerte…y ella, mi niña semi-diosa…transportada en sus brazos hacia el más allá…
- ¡Nooooooooooooooooooooooooo!-Mi aullido atravesó el firmamento y el cielo se oscureció…


 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)