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jueves, 12 de septiembre de 2019

NUBARRONES DE CORDURA


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)




Vino desde allí y va hacia allá… La sombra que proyecta sobre el piso jamás se borra, A su paso va dejando cicatrices en la mente de quien la mira. Sus senos amamantan a los hijos de los hombres con dolor, deseo, soledad y angustia; quien prueba de su sexo se inventa el temor a perderla y aunque su aroma es un constante olor a muerte, casi todos la desean.

Se detuvo aquí y no quise mirarla; previamente cosí mis parpados, no vi nada pero el aire se llenó de su sedosa piel blanca, lampiña y apetitosa; no vi nada pero escuché los cánticos de quienes se inmolaban siendo aplastados por su cortejo; no vi nada pero la oí reír con esa risa de burdel que dista de plantear alegría y a cambio propone satírica burla.
Cuando rompí las costuras de mis ojos pude ver las andas alejándose y sobre ellas a la Redentora. Se auto-complacía con caricias que recorrían sus partes más íntimas, sexo que supo, con generosidad entregar… más también ella deseaba proporcionarse gozo y de sus entrañas extraía doradas monedas que arrojaba dejando a su paso una estela de tentación. Intenté recoger unas de esas monedas pero estas quemaron mis manos; entonces di media vuelta y caminé en sentido contrario.
Ahora re-ando lo por ella caminado y con estas manos chamuscadas devuelvo la visión a los ciegos, sano heridas y hago caminar a los paralíticos. Ellos vienen tras de mí pues saben que aunque no haya agua, si los toco, lavaré sus recuerdos; y del paso de la Redentora nadie volverá a hablar jamás pues en mi rebaño sembré la amnesia eterna.

Bien, queridos alumnos, la historia que les acabo de narrar está aquí, en este gran libro incapaz de contener ni una letra, pues todas sus hojas están y estarán en blanco por toda la eternidad. Gracias por su atención…


 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 52 cms. Precio $.600 dólares americanos)



MI PECADO ES TU AROMA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)






Cuarenta veces soplaron las trompetas del sur, y sólo quedaba esperar que manara miel de las rocas. Fascinados, los amantes arañan sus ropas, las van rasgando ante la estúpida ventanita cuyo único signo vital es su imprudencia. Mientras, el sofocante bochorno hace lo suyo derritiendo los ávidos cuerpos; cuatro muslos empapados de urgencia; cuerpos toqueteándose, queriendo aliviar el peso de sus entrañas; invadir y ser invadido, entregar dádivas y recibir bendiciones.
-¿Acaso es tan interesante la luz?
Dejémoslos que hablen; nunca verán cuánto se iluminan los cielos ante los brotes del convexo, jamás imaginarán el perfume del cóncavo, únicamente habrá la sospecha de que ambos levitaron mientras las trompetas del sur soplaban cuarenta veces.



 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 55 cms. Precio $.600 dólares americanos)

MELODY ZEPP

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)




La vez anterior, vino emergiendo de entre la oscuridad, con una apariencia de dulce anciana. Entre sus manos traía algo que despedía una tenue luminosidad verduzca, la cual se colaba por los resquicios de entre sus dedos. Entonces me hablo: -¡Aquí tengo lo tuyo!- Luego empezó a retroceder a la vez que se desvanecía. Se fue así como vino, con pasos de viento…

Anoche fui nuevamente a su encuentro, pero esta vez me asaltaron las dudas… y las dudas no son valederas para un guerrero en batalla. Ya estaba ella dentro de mí; y me acarició, y alimentó mi desbordada fantasía con visiones traídas de otros planos, mas las dudas persistían en martillar mi razón…
Y entonces se desató mi tortura. Los demonios fueron liberados; los vi y los sentí danzando a mi rededor. Aguijoneaban mi cuerpo y mordisqueaban mi alma intoxicándome con angustias y pánicos que creí superados. Quise pararme y gritar, implorar por ayuda, correr, huir; o mejor morir en ese instante y aliviarme del suplicio…Pero me mantuve sentado. Soy lobo, soy devorador de pánicos, pero también soy humano y sé pedir perdón… El lobo estaba orando mientras vomitaba y lloraba sin cesar. Vi materializarse a la carrera, a una horrible niña viniendo hacia mí, chillando y amenazándome con un largo objeto punzante, mas cuando me lo iba a clavar, se desvaneció.

-¡Abre la boca! ¡No aspires, sólo mantén abierta la boca!-
Me introdujeron una cerbatana en una de las fosas nasales y por ella me soplaron un polvo burbujeante, invasivo y desesperante, pero con sabor esclarecedor, luego repitieron la acción en la otra fosa nasal. Antes de irme pusieron en mi mano derecha una papa, aún con la tierra de cultivo impregnada en su cascara, y me dijeron: -¡Camina. Allí viene tu paz!-

Ustedes también son buscadores, por ello intuyen de qué estoy hablando...




 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)

LUNA DE HIEL EN EL MARAJO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)




Desde tiempos inmemorables había estado allí. Al amparo de su sombra fue que el ánima del viejo Enrique, entre humaredas de hashish se les apareció a ese par de niños locos, para entre risas anunciarles la muerte de la madre de Tawapara. Fue bajo su follaje, que Vicentico se ocultó para vestirse con aquel ridículo disfraz de lagarto, que llevaría por el resto de su vida, mientras peregrinaba por el mundo repartiendo sus caramelos envenenados de fantasía. Fue de entre sus ramas que, en los albores de la humanidad, descendió el primer par de amantes que interactuó con los venidos de las estrellas. Muchos de los acontecimientos más relevantes de esta comarca triste y fantasmal, se gestaron al pie de este árbol milenario, ahora sin hojas y sin sombra que proyectar.

Un día, proveniente de algún sueño afiebrado, a los pies del viejo roble, se materializó un iluminado; mezcla de druida, orate, mago y artista. Tenía una encantadora sonrisa y la mirada estúpida, pero limpia, de aquellos seres incapaces de entender lo más elemental. 
El viejo árbol pareció contagiarse de la alegría que irradiaba el recién llegado, e inexplicablemente empezó a coparse con el verdor de renovadas y lustrosas hojas.
Una creciente multitud de curiosos ávidos de creer en algo, fueron agolpándose alrededor del roble para ver su milagroso reverdecer y observar de cerca al iluminado, quien con su saliva iba tejiendo unas tupidas esterillas, que luego de secarlas al sol, usaba para garabatear en ellas, símbolos y figuras extrañas. Como tinta utilizaba una mezcla de sus propias lágrimas y tierra, aplicándola con su dedo índice derecho. 
Nadie se iba del lugar sin llevar, aunque sea uno de los peculiares lienzos garabateados que el recién llegado obsequiaba con entusiasmo, sembrando con ello más y más sonrisas entre los asistentes. Especialmente las mujeres estaban auto-convencidas que aquellos símbolos tenían poderes curativos contra los males de amor y las heridas del alma. La comarca en pleno ahora rebosaba de alegría, contagiada por el brillo del recién materializado. Muchos se acercaban para tocarlo y untarse los dedos de las manos con su sudor.
El iluminado jamás descansaba, nunca dormía… tampoco se alimentaba. De sus espaldas había brotado algo parecido a raíces que se adhirieron al milenario roble; al parecer de esa manera parasitaba la energía vital del árbol.
Una mañana, todo varió. La multitud arremolinada ante el viejo árbol había desviado su atención hacia la repentina aparición de una hermosa mujer de piel color turquesa que, con total desparpajo se exhibía desnuda, mientras gruñía amenazante a quien intentara acercarse al iluminado. Esta agresiva manera de reclamar exclusividad dio sus frutos. Entonces, ya nadie pudo acercarse… Ya nadie pudo tocarlo, ni tampoco recibir de sus manos las esterillas garabateadas.
Poco a poco la multitud fue perdiendo el interés, hasta ignorar por completo al viejo roble, al iluminado y a la agresiva mujer con piel color turquesa. Ella sonreía satisfecha al ver logrado su egoísta objetivo, mas el iluminado no cesó de llorar por cuarenta y dos días con sus respectivas noches. 
La comarca volvió a sumirse en su triste y fantasmal aspecto. La ilusión del iluminado que repartía sonrisas y alegría se había esfumado…
Al cabo de las seis semanas, el iluminado arrancó con sus manos los apéndices con forma de raíces, que lo conectaban al roble, y tal como vino, se fue en silencio. 
El milenario árbol perdió sus hojas y paulatinamente fue secándose hasta convertirse en un leño inerte. 
Inútil resultarían las caricias y lágrimas incontenibles con que la mujer de piel color turquesa, desesperadamente lo regaba intentando reverdecer lo ya concluido. 

“Hay destinos que jamás debieran cruzarse, aunque la vida parezca permitirlo”

 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)



lunes, 26 de agosto de 2019

LA SEÑAL


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía 
Cap 17, Libro "Delirios del Lirio"






¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom! ¡Brooooooooooom!

El ruido ensordecedor, repetitivo y acompasado, cada vez más cercano, hacía temblar el suelo como si se tratara de las pisadas de un gigantesco coloso. Me levanté asustado pero presto a dar batalla a lo que fuere, mi naturaleza de veterano guerrero así me lo imponía. Instintivamente me calcé el yelmo y cogí mi hacha de dos filos. Aunque estaba desnudo, aquellos elementos me bastaban para protegerme y enfrentar cualquier situación que pusiera en peligro la integridad de la Semidiosa, esa que se me había encomendado salvaguardar y con quien compartía mi lecho. Antes de salir de la habitación me volví para echarle una mirada. Estaba en total desnudez, agazapada en un rincón, con la mirada desencajada y los labios en “O”. Su pánico se hacía evidente en el color verde esmeralda al que había virado su piel, tonalidad propia de los desamparados. Me acerqué con intención de abrazarla, pero ella no me lo permitió. Me atajó con un movimiento de manos que danzaron en el aire cual mariposa aturdida, centró su mirada llorosa en mis pupilas y exclamó:
 -¡Vienen por mí! ¡Otra vez vienen por mí!
 Yo también la miré pese a que en esa contemplación había desconcierto ¿Quién? ¿quiénes venían por ella? No me detuve a pensarlo, simplemente salí corriendo del recinto dispuesto a dar la vida por ella, nadie iba a llevársela, no se lo dije, pero lo di por sentado. El ruido y el temblor que semejaba las pisadas de un gigantesco coloso habían sido reemplazados por un griterío impreciso donde se entremezclaban plegarias de mujeres, llanto de niños, retumbos de marchas a la carrera de decenas de soldados y órdenes de oficiales que los conminaban a ocupar lugares estratégicos.
A punto estaba de llegar a las murallas de protección cuando un oficial se interpuso en mi camino, cubrió mi desnudez con un taparrabo de piel y a continuación me dijo:
-Son cientos de miles de seres que parecen salidos de las mismas entrañas del     infierno.
Con unos cuantos trancos recorrí las escaleras que me condujeron hacia lo alto de los andamios que servían para transitar el perímetro amurallado. Miré hacia el horizonte y lo que vi era espeluznante, incluso para mí que infinidad de veces me había visto cara a cara con la muerte. Hasta donde alcanzaba mi vista, estaba plagado de cuadrúpedos deformes. Sus cuartos traseros más pequeños, les otorgaba una marcada ondulación en sus lomos a modo de joroba. Hocicos enormes provistos de filosa dentadura remataban su amenazante corporeidad cubierta de crines e hirsuto pelaje negro. En el centro del enjambre, se erigía una descomunal anda y sobre ella, un trono en el que estaba sentada una fémina demoníaca completamente desnuda. De sus entrepiernas salían llamaradas. Detrás de ella, tres monjes con túnicas grises, sujetaban un cartel que llevaba inscrito “SOY LA DUDA, LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS”
En las murallas seguían los ajetreos y correrías de los soldados y oficiales preocupados por abastecer de pertrechos a quienes, en primera línea, inútilmente intentarían repeler el inminente ataque cuando este aconteciera. Uno de los tres sacerdotes cogió una tea y la encendió con el fuego que brotaba de las entrepiernas de la infernal dama. Bajó de las andas y la muchedumbre le abrió paso. El monje no caminaba, se deslizaba levitando a unos veinte centímetros del piso y así fue acercándose hasta el portón que flanqueaba la entrada a nuestra ciudadela.
-¡Hey,  tú, guerrero! LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS reclama a la Semidiosa que albergas y pretendes proteger ¡Entrégamela y ven tú con ella! Tienes la promesa de que, si lo haces, seguiremos de largo sin llevarnos ninguna de las vidas de esta nauseabunda aldea.
En voz baja pedí a uno de los oficiales que me alcanzara un perol de aceite hirviente e incandescente y sorpresivamente lo arrojé contra el monje, como respuesta a su propuesta.
- ¡Púdrete en los infiernos, tú y tu soberana! - Mientras el monje se retorcía carbonizándose, elevé amenazante mi hacha de dos filos y vociferé retándoles:
 -¡Vengan por nosotros, huestes de esa ramera infernal! Aquí los espera el filo de mi hacha y la fortaleza de mi alma iracunda.
LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS se puso de pie y aunque no podíamos oír lo que decía, intuí que arengaba a su horda a atacarnos pues sus movimientos eran enérgicos y no cesaba de señalar nuestras murallas como objetivo principal.
Miré a mí alrededor. En los rostros de los oficiales, se reflejaba el pavor de la cercanía del fin. Sentí que todos, en silencio, me preguntaban con tono de acusación “¿Qué hiciste?”. Debo reconocer que tenían razón para hacerlo ya que, arbitrariamente, los había condenado a una muerte segura pudiendo evitarlo con sólo entregarme y entregarles a la Semidiosa. LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS nos quería a los dos, nada más…
Afuera, el enjambre diabólico se movía de aquí para allá como una marejada, estaban ansiosos esperando la orden para arrasarnos sin piedad alguna. Unas cuantas criaturas subieron al anda y encendieron unas teas que hundieron en la entrepierna de la fémina infernal que los guiaba. Con anterioridad, habían apostado varias catapultas frente a nuestras murallas y varios grupos de aquellas cuadrúpedas criaturas las iban cargando con una sustancia oleaginosa mientras que los portadores de las teas iban encendiéndolas una a una. En ese instante y de un modo impensado, súbitamente el cielo se oscureció. Las lenguas de fuego que emergían de las cargas de las catapultas y de la entrepierna de LA MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, eran la única la iluminación existente sobre la faz de la tierra, tornando más tétrica la presencia de aquel enjambre de heraldos de la muerte. Los que estábamos tras las murallas no podíamos distinguir nada, sabíamos que estábamos allí pues escuchábamos el llanto, la respiración agitada y las plegarias de quienes teníamos cerca.
De pronto, a nuestras espaldas, un resplandor celeste acaparó nuestra atención. Todos los que estábamos en la muralla volteamos en actitud defensiva esperando lo peor. Quedamos paralizados al ver a la Semidiosa en la plenitud de su desnudez. De su piel irradiaba aquella luz celestial. El pánico había desaparecido al igual que su mirada llorosa. Se dirigía resueltamente hacia el portón de entrada. Cuando logré salir de la quietud en que nos sumió su radiante presencia, bajé velozmente y me interpuse en su ruta. La Semidiosa estiró su brazo y señalando con su índice la entrada, me ordenó:
-¡Abre ese portón! He vivido toda mi existencia esquivándola, pero ha llegado el momento de enfrentarla. Ella, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, es mi madre, pero ya no le temo más. No intentes detenerme.
Sus pupilas estaban desmesuradamente dilatadas, parecía en trance, sus ojos se presentaban negros en totalidad, sin iris, una mirada sin brillo, casi sin vida. Quise atajarla, pero al acercarme a su resplandor, se me chamuscó la palma de la mano y una fuerza sobrenatural me arrojó de espaldas varios metros atrás. No sentí el dolor del impacto de mi caída ni el ardor lógico de la quemadura en mi mano, pero sí noté que mi hacha había desaparecido de mi otra mano y en su reemplazo empuñaba una larga pluma blanca.
La Semidiosa continuó su camino ante la atónita mirada de todos los que estábamos en este lado de la muralla. Cuando llegó al portón, su proximidad hizo estallar en mil pedazos los bloques de madera reforzada con hierro, infundiéndole miedo a la horda de sitiadores. Ella, impasible, prosiguió la marcha. A su paso, aquellas bestias babeantes y atontadas, se hacían a un lado.
Cuando llegó al pie de las andas, LA DUDA, MADRE DE TODOS LOS MIEDOS, se irguió al verla. La Semidiosa con su refulgencia se le acercó, le tomó las manos y le dio un beso en la frente. Instantáneamente el anda fue el epicentro de una gran explosión cuya onda expansiva desintegró todo resto de ese infernal enjambre. A quienes estábamos en este lado de la muralla nos llegó una ola de cenizas que amenazó con asfixiarnos, mas, pronto se disipó, nos permitió salir y ver a la Semidiosa de rodillas en el mismo lugar donde antes estuvo el anda… sola y desnuda. Corrí hacia ella con una manta que hallé y cubrí su cuerpo.
Al tomarla en brazos para llevarla a lugar seguro, aprecié la liviandad de su cuerpo. Inmediatamente, se desató una gran tormenta, pero no era agua, no, eran plumas ¡Plumas blancas! Quedé aturdido por lo que sucedía, mas, cuando pude reponerme, la extraña tormenta cesó, el suelo estaba cubierto con las plumas, allí, en el mismo lugar donde cayó ella, la semidiosa. Me puse de cuclillas y comencé a limpiar la zona de plumas, necesitaba quitarla de allí, temí que se asfixiara, eran millones de plumas cubriendo su cuerpecillo, pero…
- ¿Dónde está? ¡Respondan! - grité a los pocos hombres que habían sobrevivido a ese fenómeno inusual- Silencio absoluto, cabizbajos, sólo atinaron a señalar hacia mis espaldas.
A lo lejos, entre nimbos, alcancé a ver una guadaña, la sombra de la muerte…y ella, mi niña semi-diosa…transportada en sus brazos hacia el más allá…
- ¡Nooooooooooooooooooooooooo!-Mi aullido atravesó el firmamento y el cielo se oscureció…


 (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)


jueves, 18 de julio de 2019

EVADADORA


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía
Derechos de autor reservados.






¡Madre! ¡Madre! ¿Estás allí?
… ¿Es que mis lágrimas no me permiten distinguirte?
Me proveíste del agua de tu mar,
Pero me falta tu cariño.
Necesito la tibieza de tu seno; tengo frío y el vivir me duele.
¡Madre! ¡Madre! ¡Vuelve a mí!
¿Quién lavará mis pánicos?
Temo dar mis pasos en soledad.
¿Quién acariciará mis escamas, para convertirlas en plumas?
No me condenes a ser reptil el resto del camino.
No me niegues la oportunidad de ser ángel.
¡Madre! ¡Madre! ¿Estás allí?
… ¿Es que mis lágrimas no me permiten distinguirte?


   (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)


sábado, 27 de abril de 2019

"UNO INDIVISIBLE"


Cap. XV del libro "Delirios del Lirio"
Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor, protegidos)





Es una especie que en su sangre lleva la herencia de Dioses medianos y ángeles parias llegados aquí luego de acumular su conocimiento tras cometer errores ancestrales, luego de depredar y llevar al colapso los mundos que antes los cobijaron, Dioses y ángeles usurpadores que fueron recibiendo lecciones dándose de cabezazos contra su propia necedad, y quizás ni siquiera asimilaron las lecciones, quizás tan sólo se convirtieron en portadores de malas experiencias, errando y tropezando múltiples veces con el mismo escollo. El caso es que llegaron aquí con el estigma de destructores de mundos, asustadizos fugitivos de fatales destinos que ellos mismos se forjaron.
Con esas taras a cuestas, generaron la vida en este planeta, transmitiendo a las criaturas, productos de sus experimentos, el intrínseco cretinismo a través de los genes que extrajeron de sí mismos y de ese modo, inocularles la capacidad del libre albedrío. Los nativos de este planeta son la semilla maldita e imperfecta de seres que vinieron del espacio huyendo e intentando expiar culpas, mostrándose ante ellos como deidades infalibles, omnipotentes, bondadosas y dueñas del gran orden universal. En realidad, no eran más que evadidos que poseían algo de adelanto técnico y con esto pudieron jugar a ser divinidades dadoras de vida.
Estos aprendices de Dioses, les instalaron el velo del conocimiento limitado a sus creados, no permitiéndoles mirar más allá de donde las supuestas divinidades dibujaron sus estrellas, entonces no pueden ni podrán jamás, hacer conexión con el auténtico GRAN HACEDOR. Su heredada miopía espiritual, les permite ver únicamente hasta el límite donde habitan sus Dioses y ángeles ficticios. A ellos oran y solicitan dádivas y bendiciones que no se las pueden conceder pues estos no tienen el poder de oír a millones de bocas implorantes y aunque lo pudieran hacer, están muy ocupados intentando resolver sus propios miedos, necesidades y hambres.
Su “perfección” e imagen a semejanza de estos Dioses falsos, es la que les dicta que sean capaces de meter un animalito recién nacido en una botella, alimentarlo y mantenerlo en ese cautiverio mientras lo ven crecer en ese cada vez más apretado espacio que irá deformando su estructura ósea y todo su organismo hasta convertirlo en un macabro adorno… el animal con cuerpo de botella.
Es por ello que se divierten y hallan regocijo al estimular a sus congéneres a subir a un octógono para darse golpes a diestra y siniestra hasta terminar bañados con la sangre de sus contendientes y la suya propia a cambio de aplausos y un puñado de monedas. Por lo mismo, adiestran a bestias y aves  en el arte de matar, aprovechándose de su instinto de territorialidad. Todo ello es parte de ese “legado divino”… Sentir placer al ver verter sangre ajena y espectar con deleite como se le va la vida a otros seres en pro de su ludopático afán de apostar.
Son estas razones genéticas las que justifican su egoísmo al ufanarse de las guerras que fomentan y el interés por acumular riquezas mientras sus hermanos de raza, a su lado, mueren de hambre y sed. Allí radica su intolerancia para soportar que quienes les rodean sean felices y tengan acceso a convivir con el amor. Es esa funesta herencia la que los empuja a hacer escarnio, mofarse y golpear el cuerpo y alma de una indefensa niña, cuyo único pecado fue venir al mundo, desamparada e incapacitada para enfrentar agresiones, debido a su real condición de ángel.

Esta niña nació hija de reyes. Rey y Reina con trono de esos que se compran con esfuerzo, un poco de astucia y dinero. Estos Reyes, como cualquiera en este mundo, jamás tuvieron la óptica para distinguir las alas de su pequeña hija. La abandonaron en una cuna-jaula dorada rodeada de individuos cuya función era alimentarla y velar por su crecimiento corporal. La cuidaban, sí, pero también la mordisqueaban para compensar sus propios traumas, taras y complejos, a expensas de maltratar a la niña angelical.
La vida se ensañó con ella desde sus primeros días. No conoció a su Rey padre, quien prefirió irse dándole el título de bastarda. La Reina madre se quedó con ella pero la hizo de lado, desentendiéndose del natural instinto de prodigar amor y cariño al fruto de sus entrañas. Así fue creciendo la niña ángel con cabellos de Sol, sin conocer una caricia sincera, rodeada de viejas vestidas de túnicas y velos de color negro, tan negro como sus almas. Ellas se regocijaban asustando y torturando a la frágil niña, encerrándola a menudo en la oscura celda de una mazmorra donde habitaban imaginarios demonios que las malditas viejas creaban y embutían en su infantil mente  para que la atormentaran desde su propio subconsciente. Las lágrimas, la angustia y la soledad fueron su inseparable compañía y aún cuando la niña logró escapar de su celda y alejarse de las garras físicas de sus celadoras, nunca pudo huir de los barrotes de la vulnerabilidad pues ya estaban enquistadas en su mente. De nada serviría la careta de niña sonriente que con tanta dedicación se confeccionó para ocultar su inseguridad ya que el aura y el aroma de su pureza, eran tan marcados que traspasaban el cartón de su sonrisa, haciéndola propensa a la envidia que estos seres llevan en la raíz de su esencia misma. Toda esta raza maldita tiene el reflejo condicionado de ensañarse con los que se muestran débiles y sensibles. Las perversas vestidas de túnicas y velos negros, siempre volvían para atormentarla… aunque con diferentes rostros y otras vestimentas.
Con sus sueños de vidas pasadas en las que recordaba haber extraviado un gran amor y sin perder la esperanza de hallarlo en esta, la niña continuó su andar por este mundo sin lograr que sus atacantes la perdieran de vista.  Por donde iba y pese a su sonriente mascara, era reconocida como una vulnerable, siendo siempre la presa por defecto, de brutales mordiscones y arañazos que, aunque herían profundamente su nívea piel y delicada musculatura, resultaban más lacerantes para su ya adolorida alma. Ella se había jurado a sí misma que nunca más lloraría ante sus atacantes… no volvería a darles ese placer. Entonces soportaba estoicamente las arremetidas de sus agresores de turno sin variar la “U” indeleble de su sonrisa. Si al llegar la noche debía llorar mientras curaba sus heridas, lo haría a solas, hasta que el cansancio la sumiera en sueños. En estado de ensueño, con sus alas oníricas, viajaba hacia los brazos de aquel amor que en vidas pasadas se le perdió entre los derroteros del destino.
Ocurrió una tarde de abril. Por la rendija de su puerta, alguien deslizó un papel blanco. La niña, curiosa, lo tomó y leyó: “Necesito tu rostro para pintar un ángel”.  Miró el reverso de la hoja y en él halló la imagen de un rostro de hombre. El lado derecho estaba pintado de color moreno y el izquierdo de color celeste. Sus ojos tenían un mirar triste pero taladrante, y de marco, una cabellera abundante y alborotada. La niña ahogó un grito y sin emitir sonido alguno se dijo “Es él”. Abrió la puerta y salió corriendo hacia la calle para ver quién había dejado la nota con aquella enigmática imagen mas no había nadie en los alrededores. Vio a lo lejos un grupo de mujeres que con risas de hiena se mofaban de su confusión. Presurosa, temiendo un nuevo ataque por parte de estas, regresó a casa y cerró la puerta.
-¡Él es…Él es! ¿Pero dónde está? - 
Llegó el invierno y la niña que amaba el mar con devoción, decidió pasear por la playa, aprovechando que en esa época del año estaba desierta. Una pequeña ola que se aventuró a mojar sus pies, trajo flotando consigo una botellita y la depositó en la arena, delante de su vista. Al recoger el pequeño frasco herméticamente taponado con un corchito, la niña vio que en su interior había un papel enrollado, con sus delicados dedos lo extrajo…  otra nota pero que ahora decía “Sólo permíteme adorarte” y más abajo, nuevamente la imagen enigmática del hombre con el rostro de dos colores. Llevada por un fuerte impulso y sin dudar, mordió su dedo haciéndolo sangrar y sobre la imagen escribió con su sangre “¡Te amo!”. Colocó el papelito en la botella, la tapó con sumo cuidado y la lanzó devolviéndola al mar…luego se sentó a esperar… ¿Qué? No lo sabía, sólo que debía esperar…
Al día siguiente, las olas cómplices, trajeron nuevamente hasta sus pies la botellita conteniendo otro mensaje que decía “Aún a la distancia, no sueltes mi mano que yo no soltaré la tuya”, rubricada, igualmente, con la imagen del rostro de dos colores. La niña, por vez primera, conoció el sabor de la felicidad, se sentía dichosa, eufórica, su vida tenía un motor para seguir existiendo. Embargada por esa sensación jamás antes sentida, escribió: “Juro ante Dios que no volveré a soltar tu mano, amado mío”. Colocó su respuesta dentro de la botellita y la tiró nuevamente al mar. Este ir y venir de mensajes se repetía diariamente. La niña ángel, llena de ilusiones, esperaba el próximo, siempre sentadita en la arena, sin moverse de su lugar.
El último mensaje decía: “Monta en tus alas de gaviota y ven a mí. Atraviesa esas montañas, yo te esperaré en la playa del otro mar… hay un largo sendero de lágrimas que nos falta recorrer, pero ese tramo lo caminaremos juntos, tomados de la mano, cuidándonos mutuamente”.
Cuando ella bajó de los cielos, los brazos de su amor con el rostro pintado de dos colores, rodearon su talle y ambos se fundieron en un largo beso que se adeudaban desde vidas anteriores…un beso apasionado e intenso que ambos habían esperado por mucho tiempo. En contraste, a unos pasos, también les aguardaba una infinita multitud de estas criaturas herederas del egoísmo y la crueldad que sus falsos Dioses trajeron de la falsedad de sus cielos. Los tenían completamente rodeados, no había intenciones de dar paso al amor, no lo permitirían.
Los vi tomarse de las manos y caminar con decisión hacia las fauces y garras que, amenazantes, los aguardaban. Ante mis ojos se desató la carnicería. Todos se afanaban por mordisquear y desgarrar los cuerpos de los amantes pero ellos siguieron adentrándose entre la multitud hasta que los perdí de vista.
Cuando todo hubo, aparentemente, culminado, la multitud se dispersó dejando la playa libre de su repugnante presencia. En la arena sólo quedaron unas cuantas plumas blancas y una estela de huellas de cuatro pies desnudos que se esfumaron en el infinito.



 (Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)


lunes, 31 de diciembre de 2018

LOS TRAUMAS PSICOLÓGICOS

MONOLOGO (O. Mejía)






Monólogo sobre la determinante tragedia de los traumas psicológicos en el ser humano ...La forma como posiblemente pueden afectarnos, y también las posibilidades de revertir en alguna medida, sus efectos devastadores, los cuales suelen bestializar a muchos, que naciendo humanos, extravían esa condición mientras transitan por esta vida.


                                   

viernes, 8 de junio de 2018

NO REVERSIBLE


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.
(Derechos de autoría, reservados)
Cap. XVI del libro "Delirios del Lirio"



*-¿Deseas saber quién eres?  Quizás Debas viajar hacia ti mismo, rebuscar entre tus recuerdos olvidados…en lo más recóndito de tu mente… yo esperaré aquí tu retorno…

La luz del sol atravesando nuestros parpados anuncia un nuevo día para ir hacia no sabemos dónde, en compañía de no sabemos quiénes,  para hallar  quien sabe qué. 
-¡Despierten!…- Recibimos órdenes de quienes no vemos, ni escuchamos, ni sabemos nada…y nosotros obedecemos. Todos a la vez abrimos los ojos en el momento preciso para un nuevo día, y sin mediar pregunta o palabra alguna, todos a la vez nos ponemos de pie esperando la orden -¡Caminen!- Entonces, juntos emprendemos  la caminata por la ruta que se nos vaya indicando.  Somos muchos, mas todos obedecemos esas órdenes silenciosas que retumban dentro de nosotros.
Tenemos al Sol abrazador quemando nuestras espaldas, y nuestros pies sangran. Sólo eso tenemos, nuestro dolor  y el vacío de nuestras mentes. Nuestras almas también han empezado a dolernos, pero seguimos caminando. Pasamos sobre arenas calientes, campos espinosos y rocas filosas.
La caminata no se detiene mientras no recibamos orden de hacerlo. Cualquiera de nuestras necesidades fisiológicas debemos atenderla sobre la marcha, sin detenernos. Nuestra suciedad queda en el camino, y quienes vienen detrás la pisotean embarrándose  los pies heridos y empolvados.  Hasta hace poco sólo teníamos dolor en nuestras pieles; pero ahora este se está apoderando también de nuestras mentes…
Tenemos un recuerdo borroso de que llegamos desde muy lejos.  No sabemos cómo ni cuándo, pero ese recuerdo está allí. Lo único que tenemos claro es que hace mucho tiempo llevamos caminando por estos rumbos, los cuales parecen no tener fin.
En un momento del día llega la orden -¡Deténganse!- Todos la percibimos; pero no hubo sonido… mas, obedecemos. Todos elevamos nuestras miradas hacia el cielo, pero no lo miramos. Nuestra atención está fija en la aparición de algo que estamos esperando ¡Y sí! Empezó a caer del cielo una lluvia de bolitas blancas. Las cogemos en el aire con nuestras bocas abiertas y también con nuestras manos; y las tragamos rápidamente. Cuando el cielo deja de dar, bajamos nuestras miradas, nos agachamos para recoger e ir comiendo las bolitas que cayeron al suelo en nuestro rededor.
-¡Caminen!- Es la orden, siempre sin ruido alguno. Todos obedecemos. Seguimos un camino que vamos descubriendo paso a paso. La luz del día va apagándose mientras el cielo varía de color. Ahora es rojo como nuestra sangre. Así va presentándose la noche. 
-¡Deténganse!- Esa es la orden sin sonido que se nos impone. Nos detenemos, y en ese mismo lugar nos sentamos o recostamos. Momento para rascarnos o sobar nuestras heridas, esperando aliviar en algo nuestro dolor. Poco a poco la masa va compactándose. Nos vamos juntando hasta rozar nuestros cuerpos, esperando el momento de la orden -¡Duerman!- Orden que no oiremos, pero que hará caer nuestros parpados. Mañana será siempre igual al día anterior: el  amanecer, la caminata diaria, y la misma pregunta que hace un tiempo da vueltas en nuestras cabezas -¿Qué hacemos aquí?-  …Igual, no habrá respuestas…
Nos despierta una luz tan intensa, que hiere nuestros ojos, a pesar de que nuestros parpados estaban cerrados. Luego sentimos un estruendo y el piso se sacudió violentamente. Cuando nos dimos cuenta, nos mirábamos los unos a los otros. Los ojos y las bocas abiertas, buscando respuestas en nuestras miradas llenas de asombro… Las luces hirientes se repiten, así como los estruendos y temblores. Vamos juntando nuestros cuerpos, buscando compartir nuestra confusión, y hacer de nuestro temor uno solo. Juntos estamos conociendo al miedo.
Este día no hubo las órdenes. Estábamos despiertos y mirando el cielo porque nos despertaron las luces hirientes, los estruendos y los temblores. Por primera vez no estamos vacíos… estamos llenos de pánico, pero atentos. Vimos grandes bolas brillantes volando de aquí para allá, y no eran estrellas. Estas se movían rápidamente dejando marcas a su paso, como si arañaran el cielo.
Aquel día sin órdenes silenciosas, no hubo caminata, no hubo bolitas blancas cayendo del cielo. Pasamos todo el tiempo mirando atentamente al cielo. Algunas veces las luces hirientes eran tan fuertes que quedábamos ciegos por un rato;  entonces buscábamos que tocarnos con las manos, como para saber que seguíamos allí. Así fue que nos percatamos que a algunos nos había aparecido una protuberancia en cada omóplato; aunque nuestro miedo no nos permitió darle mucha atención al hecho.
Así, con todo ese miedo llenando nuestras mentes, llegó el atardecer. Las luces hirientes, los estruendos y los temblores fueron haciéndose cada vez más distanciados…más lejanos…hasta hacerse, apenas un zumbido, que luego se perdió en el silencio. Y no hubo más… La noche se acercaba. El cielo se tiñó de color rojo, entonces nos dimos cuenta que habíamos pasado el día sin la compañía de los invisibles que guiaban nuestra vida.
Jamás los habíamos visto, pero sabíamos que estaban allí, caminando con nosotros y entre nosotros. Invisibles pero allí, guiándonos… Y hoy no estuvieron… 
Esta mañana el miedo se nos había presentado por primera vez, y con él vino también eso que, aunque muy débil, empezaba a encenderse en nuestras mentes primitivas. Supimos que esa masa que caminaba día a día, éramos “Nosotros”. Unidos en el miedo, supimos que nos teníamos los unos a los otros…
Con la noche se nos presentó el miedo más grande… La soledad que grita el abandono ¿Quién nos guiaría hacia lo desconocido del siguiente paso? Llorando en silencio a la noche sorda, nos fuimos quedando dormidos. Sin órdenes silenciosas que nos indicaran cerrar nuestros parpados, sin la…vigilante…compañía…de los…
Al amanecer,  cuando sentimos la orden silenciosa -¡Despierten!- Abrimos nuestros ojos, y nos encontramos con una mañana sin Sol y un cielo nublado. Nuestros cuerpos estaban empapados; la noche debió llorar sobre nosotros mientras dormíamos. Su llanto debió ser de tristeza, pues lo que cayó sobre nuestras pieles fueron lágrimas negras y malolientes.
-¡Caminen!- Nos pusimos de pie y empezamos la caminata diaria. El saber que quienes nos guiaban, aunque invisibles, estaban nuevamente con nosotros y entre nosotros, invadió  nuestras mentes oscuras y vacías con una sensación desconocida…nos sentimos bien.
Algo dentro de nosotros había empezado a cambiar. De a pocos íbamos llenándonos de preguntas  -¿Por qué han empezado a aparecernos estos apéndices en nuestras espaldas? ¿Por qué nos hacen caminar estos senderos? ¿Hacia dónde vamos realmente?   ¿Por qué no nos dejan mirar hacia atrás?... De pronto, al sentir las órdenes silenciosas, olvidamos todo…y obedecimos.
Algunas veces, antes de la orden -¡Duerman!-  Miramos hacia el cielo, vemos las estrellas, y sin saber por qué, algunas lágrimas ruedan por nuestras mejillas. Quisiéramos decir algo, pero no sabemos cómo. Nuestras bocas resecas no saben decir nada. Son nuestras miradas las que a veces dicen cosas, pero es poco…o es…nada…
Otro amanecer. Otro día para caminar. Las órdenes de siempre: -¡Levántense! ¡Caminen!- …Y caminamos. Siempre hemos caminado vacíos, pero no lo sentíamos. Ahora empezamos a sentirlo, y nos duele. Cuando el sol estuvo sobre nuestras cabezas, pasamos por un campo donde sólo había arena y piedras, y llegó la orden silenciosa -¡Deténganse!- Sabíamos que era momento de mirar hacia arriba y esperar con nuestras bocas y manos abiertas, que cayeran las bolitas blancas ¡Y sí! Empezaron a caer, pero sólo por un instante… ¡Y dejaron de caer! Al inicio miramos al cielo con asombro, luego, algo dentro de nosotros se quebró, y dolió mucho. Queríamos preguntar al cielo porqué nos negaba lo bueno.  Nos sentimos abandonados. Lentamente fuimos bajando nuestras miradas y nos vimos a los ojos; vimos nuestras caras y tuvimos miedo unos de otros. Nos agachamos con profundo recelo, sin dejar de mirarnos a los ojos. Entonces no recogimos las bolitas blancas. Lo que cogimos fueron piedras.
Un zumbido llenó nuestras cabezas y luego las órdenes silenciosas doliéndonos.
-¡Atacar! ¡Atacar! ¡Atacaaaaaar!
Nunca antes habíamos sentido esas órdenes, pero obedecimos. Empezamos a lanzarnos las piedras unos a otros. Lanzábamos y recibíamos pedradas. Sentíamos mucho dolor con cada pedrada que golpeaba nuestros cuerpos, pero no nos deteníamos. A más dolor, más ganas de seguir lanzando pedradas.
No nos dimos cuenta en que momento fue y como empezó, pero de nuestras bocas salieron sonidos. Estábamos gritando. Temblábamos, sudábamos y sangrábamos. Muchos caían y no se movían más. Las piedras no dejaron de llover hasta que llegó la orden desde el silencio
-¡Deténganse!- Entonces fuimos soltando las piedras que aún teníamos entre las manos… Y vino la calma.
-¡Caminen!- Y empezamos a caminar los que aún podíamos hacerlo. Muchos sólo dieron unos pasos y luego cayeron. Los que veníamos más atrás pasamos pisoteando los cuerpos de los caídos y de los que siguieron cayendo en el camino.
-¡Deténganse!-
Nos dejamos caer. Estamos agotados. La sangre de nuestras heridas está secando, pero el dolor que nos dejaron las pedradas en nuestros cuerpos sigue allí. Y en nuestras mentes, un dolor más grande. Cada día conocemos algo nuevo, pero todo nos viene con dolor -¡Duerman!- …Con mucho…dolor…con…mucho…
Cuando desperté, el sol estaba directamente sobre mí, y a mi rededor sólo había unos cuantos cuerpos inertes… La manada se había ido, seguramente siguiendo las órdenes de los invisibles.
Una pluma blanca en el suelo llamó mi atención; la recogí y empecé a caminar en sentido contrario a las huellas que dejaron los que hasta ayer fueron “Nosotros”…


     (Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 52 cms. Precio $.600 dólares americanos)