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jueves, 24 de mayo de 2018

JUNTOS SOMOS LA TORRE QUE ORDENARÁ LOS VIENTOS


Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autoría, reservados)



Soy el ave con alas de palo que, al no poder remontar el viento, no dudó en cercenar su cabeza, ideas y fantasías, para lanzarlas al aire en tu búsqueda. Quizás no viste mi sentir rodando entre azules intensos, entre aromas siena y sinsabores verdes, pero llegué a ti cuando dormías y pude palpar tus sueños. Eres la Reina onírica que ahora cabalga el reluciente corcel de flacuchas y alargadas patas de metal. Ya no hay restos de esas eras que te mantuvieron anclada a la desértica soledad de las manos vacías. Lamí tus pies y los dedos de tu diestra invitándote a montar en mí y ahora retozo contigo, aupada a mi lomo, dejando una estela de huellas delirantes que quizás, otros dementes como nosotros, se animen a seguir.
Ahora caminamos asidos, tú con tus manitas henchidas de mí, y yo, aferrado a la visión de verte sonreír.


(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 52 cms. Precio $.600 dólares americanos)

jueves, 17 de mayo de 2018

EPISTOLAS DEL EXQUISITO

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor protegidos)




Esa bruja me tildó de falso. 
-¡Quiero viajar y no me das el pasaje! ¡Tú sí irás a pasear a NEUROPA!-dijo.

Hubiera querido darle mi boleto…pero este viaje no se lo deseo a nadie; mueres poco a poco mientras observas el paisaje. No se sabe si avanzas o es el camino el que retrocede, las ventanas nunca dicen la verdad pura, siempre guardan algo de mentira… Quizá el vidrio le diga a la hechicera que me fui sonriendo, cuando en verdad, mis labios eran incapaces de manifestar alegría.

Sólo quiero desconectarme, detener este viaje a NEUROPA ¿Me servirán estas tijeras para intentarlo? Voy introduciéndolas por mi nariz… las puntas tocan mi cerebro, sangro profusamente y me duele el alma ¡Maldición, quiero hacerlo, pero no sé qué es lo que debo cortar! 

¿Por qué te fuiste papá? Tú siempre estirabas tus manos y me alcanzabas todo…ahora esto está allá, muy arriba, y no logro desconectarlo.

Quiero detener este mi viaje a NEUROPA.

¡Papáaaaaaaaa! Estoy sangrando excesivamente y me duele el alma ¿Quieres decirme qué debo cortar para desconectarme?

Ahora voy a dormir, te espero allá, en mis sueños… No te tardes papá, es incómodo dormir con tijeras en la nariz.

Esa bruja me tildó de falso.
-¡Quiero una escoba nueva y no me la das! ¡Tú sí te irás a pasear a NEUROPA!- Dijo


(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)




jueves, 10 de mayo de 2018

LAS NUBES NO SON PARA TODOS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.
(Derechos de autoría, reservados)

Cap. 14 del libro "Delirios del Lirio"



A pesar de la penumbra envolvente, se podía escuchar el bullicio proveniente de una gran actividad. Todo latía. Se percibía el flujo de un torrente alimentando de vida toda esa gran bóveda. Aún así, un denso vaho a muerte se esparcía en el ambiente y es que ese binomio contradictorio es ley universal: La vida se presenta como heraldo de la muerte y la muerte es la renovación de la vida. La gran bóveda estaba hecha de una estructura ósea recubierta de músculos, tendones y arterias en versión macro que albergaba infinidad de huevecillos palpitantes. Una mucosidad ámbar barnizaba todo, creando destellos, brillos y contraluces, todo muy macabro.
Al parecer, yo era el único testigo consciente y tengo negada la inteligencia necesaria para comprender el inicio de esto, tan sólo me mueve la necesidad de parasitar. Tengo la virtud de la paciencia… era esperar la llegada de mi hospedero era lo único que debía hacer.
De manera casi simultánea, muchos de los huevecillos se rompieron e hicieron eclosión varias decenas de seres con las formas anatómicas más diversas, desde las más repugnantes hasta las más hermosas criaturas, algunas hasta tenían aspectos angelicales y mostraban muñones de alas saliendo de sus omóplatos. Todos pugnaban por abandonar rápidamente el nidal que hasta ese momento los había cobijado, como si un dictado instintivo los guiara a emprender el urgente éxodo hacia una misma dirección. Unos se arrastraban; otros caminaban con la torpeza de un cervatillo recién nacido, trastabillando y dando tumbos; otros reptaban, mas ellos, sin excepción, se movilizaban utilizando el mayor potencial de sus fuerzas, lo cual dificultaba que yo pudiera lograr mi propósito: abordar a alguno de ellos.
Cuando alguno de estos seres alcanzaba a otro, inmediatamente se desataba una lucha encarnizada donde se derrochaba dentelladas, arañazos, pinchazos y ataques, cada cual utilizando los recursos que poseían para agredir. En este contexto, la violencia esgrimida era indistinta de parte de los seres repugnantes como de los de aspecto angelical que, en contraste a su dulce apariencia, también sacaban a relucir una desmedida fiereza. El resultado ineludible era, al menos, la muerte de uno de ellos pues los que venían detrás y los alcanzaban, también tomaban parte de la contienda. Los que sobrevivían continuaban la marcha hasta que se topaban con alguno que llevaba la delantera o eran alcanzados por los rezagados, entonces se reanudaba la reyerta mortal y despiadada. Cada vez eran menos los que continuaban en carrera. El recorrido era una estela de vidas segadas y restos sanguinolentos regados como manifiesto de la crueldad de aquella competencia irracional.
Los pocos que llegaban hasta el final del sendero, hallaban una entrada estrecha y cavernosa y por allí se introducían, desapareciendo de mi vista. Todo se había desarrollado de manera rápida y violenta, tal como lo estipula la vida misma.
Mi agudo olfato o quizás mi instinto, me llevó a volver la mirada hacia el inicio del drama, la nidada. Allí, entre la penumbra y los restos de los huevecillos, el último de los rezagados, permanecía sentado succionando el dedo pulgar de su mano derecha, como si fuera ajeno a todo lo ocurrido, al pasaje mismo. Su frondosa cabellera azabache marcada por ondas, apenas si dejaban ver parte de su rostro y su mirada triste y confundida. En conjunto, su cuerpo y cabellera, daban la apariencia de un arbolito solitario y seductor amparado en la oscuridad. Cual espora, aproveché una brisa y empujado por el viento fui a posarme entre sus cabellos. Ni bien tuve contacto con él, sentí un fogonazo de luz muy intenso pero acogedor; él era puro, limpio, un ser con mucha luz, de esos que no tienen cabida ni oportunidad de sobrevivir en este mundo hostil, pero era mi última oportunidad, luego de él no quedaba nadie a quien parasitar, hubiera tenido que esperar la eternidad para que aconteciera la siguiente eclosión masiva y yo no me podía exponer a sucumbir en la espera. Guiado por mí apetito, me abrí paso hasta alcanzar su piel, me adherí a ella y entonces sorbí de su sangre con avidez y hasta saciarme. Ahora era mi hospedero, él me pertenecía, entonces, al tiempo que me nutría con su líquido vital, que me brindaba la dadiva de vivir a sus expensas, me impulsaba a cuidarlo. Así fue que nuestra relación viró a la mutua dependencia. Protegerlo a él, era proteger mi propia existencia y estaba dispuesto a darme íntegramente en ello. Por naturaleza yo tengo enraizado el instinto de la supervivencia ¿Y por qué no compartir algo de ello con mi hospedero? Ello lo haría competitivo, luchador y por ende más apto. Si él vivía yo vivía, así es que segregué algo de mi instinto y lo inoculé en su torrente sanguíneo.
Inmediatamente su organismo reaccionó con un ligero enervamiento seguido de una euforia inusitada. Se puso de pie y con paso cansino pero firme inició el recorrido hacia la gruta de salida. Su andar pausado dio oportunidad a que otros parásitos que se habían mantenido imperceptibles, saltaran sobre él en pos de su sangre, más sólo tres lograron aferrarse. Pude notar su presencia pues la sangre de nuestro hospedero ahora tenía el sabor de la ira, el sabor de la fe y el sabor del razonamiento, ingredientes aportados por los otros tres parásitos que, al igual que yo, debían estar empeñados en proteger nuestra fuente de vida… nuestro hospedero.
A partir de entonces, quien nos llevaba a cuestas era un hombre desafiante, alguien que creía en sí y en sus capacidades para enfrentarse a cualquier adversidad. Su riego sanguíneo se había acelerado… caminaba con más aplomo… era casi un semi-Dios terrenal, poseyendo todas las condiciones para ser un vencedor. Caminamos hacia la gruta de salida, pero él siempre atento de no pisotear los restos de los caídos en la brutal competencia.
Cuando llegamos a la gruta vimos un hueco al final, era el paso a un corredor que concluía en un salón donde se mostraban como únicas salidas tres puertas. Caminamos llenos de curiosidad, pero con la cautela que da la prudencia; pasamos el corredor y llegamos al salón. En estado de alerta, nos mantuvimos dubitativos unos instantes. Desde mi posición, yo percibía, además de la mía, la angustia de los otros tres parásitos como la de nuestro hospedero mismo ya que su sangre variaba de sabor según su estado de ánimo y según lo que aportábamos cada uno de los parásitos en pro de la toma de decisiones. Éramos lo más análogo a un equipo dedicado a salvaguardar nuestra supervivencia.
Abrimos una de las puertas y una intensa luz nos encegueció, pero sólo un instante. Inmediatamente vimos un ambiente lleno de escaleras inconexas por donde se paseaban seres muy extraños que desafiaban la gravedad y la lógica pues muchos tramos de estas escaleras debían hacerse caminando de cabeza, como si se tratara de un mundo al revés. Nos llamó la atención un tipo con el cráneo rapado que tiraba de una cuerda atada a una piedra a la que le daba órdenes; otro se auto-flagelaba las espaldas mientras recitaba plegarias; muchos reían a carcajadas sin motivo alguno. Vimos a uno trepado a una vara y con una brocha en la mano, intentando alcanzar el cielo para pintar un Sol esplendoroso. Una mujer lloraba sin cesar mientras cargaba entre brazos a un bebé imaginario. Un anciano de mirada extraviada hablaba sobre historias de mundos fantásticos que a nadie le interesaba escuchar. Todo allí era una mezcla de estupidez, demencia y absurda genialidad. Un tipo vestido con sombrero y ropas multicolores, con una pluma entintada en sangre, se nos acercó y nos dijo:
-¡Bienvenido a la locura!- A continuación, con su pluma ensangrentada escribió algo en la frente de nuestro hospedero -Ya eres uno de aquí, puedes volver cuando lo desees- dicho esto, se fue caminando hacia atrás sin quitarnos la vista de encima.
Salimos, cerramos aquella puerta y nos enrumbamos hacia la siguiente. Ni bien abrimos la segunda puerta, una mezcla de olores nauseabundos pero tentadores cual feromonas llegaron hacia nosotros. El lugar estaba escasamente iluminado por una tenue luz rojiza y todo lo visible tenía impregnado un sabor retorcido y patético. Casi todos los allí presentes, tenían garabateadas caricaturas de sonrisas en sus rostros. La mayoría de ellos bebían, fumaban, contaban monedas y copulaban; los que no, yacían tirados en el piso o arrumados en algún rincón en posiciones que semejaban a muñecos desarticulados. El piso estaba alfombrado de secreciones y vómitos, por lo que decidimos no dar un paso más hacia el interior. Una mujer semi desnuda y con un tufo a todos los vicios, vino hacia nosotros, rodeó el cuello de nuestro hospedero con sus brazos y se restregó contra su anatomía, a continuación, le estampó un prolongado beso en la boca. Yo sentí claramente la contaminación de la saliva de la mujerzuela en la sangre de nuestro hospedero. Cuando por fin se separó, la mujer puso el dedo índice en sus labios y dijo:
-Cuando tu soledad te agobie, tienes un lugar aquí- Nos dio la espalda y se alejó cimbreando sus nalgas y caderas. Presurosos y algo asqueados salimos de allí y cerramos la puerta.
Al llegar a la tercera y última puerta, la abrimos con extremo cuidado, muy lentamente. Nuestro hospedero introdujo la cabeza y vio que allí reinaba un cielo azul apenas interrumpido por un largo muro y una columna en primer plano sobre la que estaba recostada la criatura más hermosa que pudiera imaginarse. Ella lloraba y con delicadeza juntaba sus lágrimas en un cuenco. Cuando se dio cuenta de nuestra presencia, nos preguntó:
-¿Tienen sed, verdad?- y nos ofreció a beber las lágrimas que había recolectado en el cuenco. Luego de beber el dulce líquido, los cuatro parásitos, al unísono, nos percatamos de que ella era la primera que se había dirigido a nuestro hospedero hablándonos en plural.
La mujer tomó de la mano a nuestro, hasta ese momento, hospedero y le susurró al oído:
-Nunca más tu mano estará huérfana, yo no voy a soltarla…- Y juntos empezaron a caminar hacia un espiral ascendente que culminaba en una gran burbuja. En el camino cayeron cuatro plumas blancas y en cada una, nosotros, los parásitos. Ese hombre ya no era de aquí, estaba completo y ningún parásito era digno de beber su sangre…


(Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)


jueves, 3 de mayo de 2018

ENAJENIA

Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía 
(Derechos de autor protegidos)


Soy una fiera monstruosa, rabiosa…
Y asquerosamente sentimental.
Soy letal.
Soy un perol infernal donde se cuecen ideas sueltas.
Cabalgo entre la confusión y en ese caos escribo:
¡Abran paso a este débil súper-hombre!




(Pieza única. Año 2012. Medidas: 80 X 53 cms. Precio $.600 dólares americanos)