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jueves, 22 de marzo de 2018

LA NOCHE QUE LLORÓ EL SOL


Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.
(Derechos de autoría, reservados)
Cap. 12 del libro "Delirios del Lirio"



Extracto recortado...(...)...
La brisa que entró por aquella ventana, fue trayendo hoja por hoja hasta completar el libro sagrado que yacía sobre la mesa. En él estaban contenidas palabras y voces muy antiguas que narraban historias de esas cuyos recuerdos se esfuman en las memorias quedando como legados a la posteridad por obra y gracia de visionarios alucinados; ellos redactan crónicas de hechos que jamás atestiguaron y que quizás nunca ocurrieron… ¿O sí?
En tiempos muy lejanos, desde el otro lado del mar, llegaron a estas tierras, enormes criaturas cuadrúpedas con brillantes monturas sobre sus lomos de las que emergían seres de metal bruñido, con largos brazos que escupían fuego y sonidos de trueno. Su aspecto sembraba terror en quienes los veían. El suelo temblaba al paso de sus pisadas.
Su ansiedad era fácilmente perceptible: buscaban las brillantes lágrimas que sobre estas tierras derramara el Sol, y nada ni nadie detendría su ambicioso afán. Para lograr su cometido sometieron a hijos de dioses atándoles las manos y colocando cepos a sus cuellos para matar su dignidad y nobleza. Interminables hileras de cautivos liados con cuerdas y cadenas eran arreadas, cargando pertrechos y provisiones sobre sus espaldas cual si fueran bestias de carga. Las mujeres eran usadas para satisfacción de sus bajos instintos carnales y/o como servidumbre en la recolección y labores domésticas, siempre desde maltratos que lograban avasallarlas. Los azotes eran persuasivos constantes a la indigna y servil obediencia. Muchos morían a causa de la desnutrición, los trabajos forzados y las enfermedades venéreas que los saqueadores trajeron consigo.
Nada detenía su ambicioso andar. Flechas, dardos, piedras y cualquier otro tipo de resistencia, resultaban inútiles contra sus armaduras y el ímpetu por apoderarse de las brillantes lágrimas del Sol. Valiéndose del temor que infundían, conminaron al enfrentamiento  de hermanos contra hermanos, induciéndolos al pecado de la traición hacia su misma sangre. Destruyeron culturas ricas en valores sociales, decapitaron Dioses y eliminaron tradiciones para imponer a cambio, costumbres decadentes y credos hipócritas. En sus pechos y estandartes llevaban pintadas aspas que decían ser la representación de un Dios sabio y verdadero, a ellas veneraban y ante ellas se santiguaban antes de iniciar cada matanza. Obligaban a los vencidos, a besar estos símbolos en actitud de sumisión. Cambiaban sus nombres nativos con el fin de desintegrarles su identidad, evitando que tuvieran un pasado al cual aferrarse,  pretendiendo convencerles de que eran una raza sin ancestros, una desheredada raza destinada a lamer los pies de los invasores que vinieron del otro lado del océano.
Entre estos saqueadores de armadura que, sin escrúpulos ni remordimientos herían, mutilaban y masacraban, se ocultaban otros invasores más perversos aún… los que utilizando la  palabra como arma, asesinaban credos, extirpaban ideas y doblegaban las almas. Ellos eran los encargados de interrogar y torturar a los sospechosos que, supuestamente, conocían los lugares en los que se podía hallar más lágrimas de Sol. Otra de sus funciones era la de oficiar rituales dedicados al símbolo de su aspa protectora, allí predicaban, subliminalmente, una obediencia unilateral de parte de los nativos. La maquiavélica premisa de esta doctrina era “soporta cualquier abuso sin protestar, pues eso te hará merecedor del paraíso”. Para la ocasión, vestían largas túnicas y escondían su rostro bajo capuchas.
Durante más de un siglo arrasaron caseríos, reinos e imperios con el único fin de arrebatar hasta la última gota de las brillantes lágrimas del Sol. Cuando ya no quedaba ninguna sobre la superficie de estas tierras, forzaron a los nativos a cavar y adentrarse en las entrañas de la tierra misma, en busca de las codiciadas lágrimas. Con habilidad de ratas, los nativos cavaban el subsuelo en jornadas largas y agotadoras, durante las cuales apenas si se les suministraban pequeñas raciones de granos y agua. En las galerías subterráneas, la muerte por inanición, asfixia y derrumbes, era una constante.
Resignados a esa subsistencia inhumana, los nativos habían perdido toda voluntad, hasta que un día, un grito retumbó desde las montañas: “¡BASTA YA!”. Quien profirió este alarido de protesta fue un nativo llamado Hamarúc. Harto de tanta degradación, muerte, abusos y mentiras, se descubrió el torso y arengó a un grupo de sometidos a la rebelión. Armados con piedras y palos, atacaron sorpresivamente a un grupo de sus opresores. Les arrebataron las cabalgaduras y destrozaron sus armaduras, dándose con la sorpresa que debajo de esa metálica piel había seres de carne y hueso… pero con el alma corroída por la ambición.
Una vez despojados de sus atavíos, fueron entregados a la plebe para que saciaran su sed de venganza por todos esos años de perversión, maltrato y muerte de los que fueron objeto. Hamarúc se reservó al jefe; lo tenía de rodillas ante sí, lo cogió por los cabellos y le vociferó al rostro
-¡Aquí sólo habemos dos culpables de esta masacre, tú por ser una hiena sanguinaria, asesina y ambiciosa, y yo por ser un león que se hartó de tus malas acciones!- A continuación, tomó una daga de pedernal, seccionó la cabeza de este y la levantó en señal de triunfo para que la vieran los sediciosos que estaban presentes.
La noticia del atrevido alzamiento de Hamarúc, corrió velozmente, llegando a oídos del grueso de los invasores, quienes no se demoraron en alistar a sus tropas con la finalidad de desagraviar la afrenta.
...(...)...Recorte del extracto... 


(Pieza única. Año 2013. Medidas: 80 X 57 cms. Precio $.600 dólares americanos)


12 comentarios:

Rosa María Vega Art dijo...

Excelente relato. Nuestra historia es como un cuento de hadas para dormir a las lamentaciones mecidas a golpes de silencios. Me gusto mucho la obra plástica. Un abrazo grande mi siempre querido amigo Oswaldo Mejía.

AnaCecilia dijo...

Ana Cecilia Ramírez
Ojalá todos pudiésemos tomar esas aguas cristalinas del manantial. Hamaruc, que bello personaje. Gracias Oswaldo amigo querido.
Cuídate mucho. Te admiro.❤️✨☀️⭐️

Lucia Fernandez dijo...

No dejas de sorprenderme, corazón. Siempre tienes algo con más magia para darnos. Te admiro y te adoro.

manolo dijo...

No hay mejores relatos que las que piden libertad, las que lo logran a costa de su vida sin saber que los volverán inmortales, cómo siempre mi admiración maestro

Oswaldo Mejia dijo...

Rosa María Vega Art. UN ABRAZOTE ENORME PARA TI, MI ADMIRADA Y QUERIDA HERMANA ARTISTA. GRACIAS POR ACOMPAÑARME.

Oswaldo Mejia dijo...

AnaCecilia. TE ADORO QUERIDA HERMANA. GRACIAS POR ESTAR.

Oswaldo Mejia dijo...

Lucia Fernandez. GRACIAS POR ESTAR EN MIS MUNDOS...SABES QUE TE ADORO. GRACIAS POR ESTAR.

Oswaldo Mejia dijo...

manolo. MI AGRADECIMIENTO POR ESTAR PRESENTE HERMANO MIO. UN ABRAZO.

Manuel Manuel Manuel dijo...

Que paseo para la imaginacion tan interesante y tan agradable.
Gracias.

Oswaldo Mejia dijo...

Manuel Manuel Manuel. GRACIAS A TI HERMANO MIO. UN PLACER TU VISITA.

Unknown dijo...

Exelente obra maestro

OSWALDO MEJÍA dijo...

UN GRAN ABRAZO, Pablo Chavez, querido amigo.